Lana Corujo: «Crecí cuando dejé de ver la isla como un límite para verla como un lugar desde el que pensar»

27 / 01 / 2026

«Han Cantado Bingo surge de la pregunta que me hice una tarde mirando los volcanes ¿qué pasaría si de pronto fuera el paisaje quién nos mirase a nosotras? Le dibujé dos circulitos a uno de ellos como si fueran ojos y esa imagen empezó a obsesionarme hasta que me dije que debía excavarla y encontrar la historia que estaba debajo.»

Creció deseando escapar de una tierra que sentía limitada, pero ha sido el regreso a su isla lo que ha consolidado la voz literaria de la ilustradora Lana Corujo (Lanzarote, 1995). En su novela ‘Han cantado bingo’ (Reservoir Books, 2025), nos invita a habitar un territorio de volcanes y sombras, donde la imagen y lo premonitorio mandan sobre las palabras. Para Lana, escribir es un “caminito de ida y vuelta” entre la memoria y la ficción, un ejercicio de sensibilidad abismal donde lo pequeño y lo alejado de lo hegemónicamente bello cobran una dimensión sagrada.

2020 y 2021 fueron fechas en las que muchas personas volvieron a su raíz. Te formaste como ilustradora e hiciste dirección de arte en Madrid. En 2021 volviste a la isla que te vio nacer. ¿Qué supuso ese cambio para ti y cómo permeó en tu carrera?

Fui muy afortunada por poder salir a estudiar fuera. Mis padres hicieron un gran esfuerzo por mi hermana y por mí, pero soy consciente de que no todo el mundo puede irse ni todo el mundo puede volver cuando quiere. Soy de una generación que creció con la idea de que las oportunidades estaban fuera de la isla, entonces crecí con la vista puesta en todo lo que pasaría cuando saliese de Lanzarote. Durante mucho tiempo sentí que regresar era sinónimo de fracaso, admitir que algo no había salido como esperaba. La isla cuando vuelves no es exactamente la misma. Yo pensaba mucho que el territorio solo lo conocía de niña y adolescente, pero no como adulta. Entonces da miedo reconocer qué partes de ti pueden volver a arraigar en un lugar con el que sentía que me debía reconciliar. Yo llegué con muchas ideas equivocadas, con una mirada quizá demasiado rígida sobre lo que significaba quedarse o irse. Pero volver, para mí, fue un aprendizaje. La isla me enseñó a mirar lo que estaba ocurriendo en los bordes y sé que ese retorno ha significado mucho en mi crecimiento personal y profesional. La isla dejó de ser un límite para convertirse en un lugar desde el que pensar y hacer, con sus fricciones y sus posibilidades.

Cuando intentan describir el libro, cada persona pone la atención en una cosa distinta: la numerología del bingo, el don de la familia, el juego con el volcán. El libro tiene algo poliédrico, también por la forma en la que está contado, a fragmentos, con distintas voces y saltos temporales. ¿Tu oficio ha influido en tu manera de componer o ya venía de base?

La imagen está muy presente en la forma en la que escribo. Antes de escribir la novela me rompía en cachitos buscando las partes que me componían. Qué parte de mí es la que dibuja y qué parte de mí es la que escribe. Yo quería dejar de separarme y trabajar desde esos dos lenguajes que me han acompañado siempre. Siento que responden mejor a mi manera natural de pensar y ver el mundo. Pienso mucho en términos de fragmento, de ritmo o de montaje. A veces siento que edito más que escribo porque me encanta volver al texto y tocarlo, moverlo y destrozarlo. Me interesa dejar huecos y que haya cosas que no se estén nombrando directamente. Buscaba que el lector tuviera un papel activo en ese juego. Me gusta pensar el libro como un objeto poliédrico, con capas que cambian según la experiencia de cada lector. No buscaba una única entrada ni una única interpretación, me interesaba más el gesto de volver sobre el texto.

¿Hay algún germen concreto que haya hecho nacer esta historia?

Mi obsesión por los volcanes de la isla fue uno de ellos. Cuando era pequeñita me daban miedo. Me imponían un respeto casi físico y al mismo tiempo me resultaban profundamente hermosos. Siempre digo que Lanzarote fue mi primera gran contradicción. Me enseñó a mirar que el paisaje puede estar bañado por la luz en uno de sus lados y entrando en la oscuridad por otro, y que ambas cosas existen juntas. Con el tiempo entendí que esa convivencia de opuestos no solo pertenece al paisaje, también a las emociones. Nada es del todo una cosa u otra, todo se superpone, se arrejunta, ocurre al mismo tiempo.

‘Han cantado bingo’ surge de la pregunta que me hice una tarde mirando los volcanes: qué pasaría si de pronto fuera el paisaje quien nos mirase a nosotras. Le dibujé dos circulitos a uno de ellos, como si fueran ojos, y esa imagen empezó a obsesionarme hasta que me dije que debía excavarla y encontrar la historia que estaba debajo.

En tu obra hay una pulsión hacia lo fantástico, en un momento en el que la autoficción puede resultar abrumadora. ¿Cómo das con el tono y cómo te relacionas con lo que se suele llamar realismo mágico?

No creo que el término realismo mágico sea el más acertado para definir lo que hago, o al menos no es una etiqueta desde la que yo parta conscientemente. Se cuela en mi trabajo de manera bastante natural porque como ilustradora siempre me ha interesado señalar aquello que existe en lo escondido y que da pie a lo fantástico. Por eso me gusta tanto ilustrar para niñes, porque ahí lo extraño o lo invisible tiene un lugar legítimo. Además me parece divertidísimo. La imaginación es una varita mágica. Para mí escribir significa entregarme al misterio. Muchas veces no sé qué palabra sigue a la otra y esa torpeza, esa búsqueda, es lo que me entusiasma de escribir. Armo un caminito por el que voy y vengo. En ‘Han cantado bingo’ además debía entregarme a temas que personalmente no he vivido, así que la escritura era tantear en la penumbra hasta descubrir la silueta de las cosas. El tema de la herencia me permitió abordar la muerte y el duelo de una forma que hizo mucho más interesante mi proceso creativo. Lo importante era el propio proceso, los fallos, las enseñanzas, los lugares a los que me llevó y aquellos a los que no pude llegar. Sabía que ahí estaba todo lo que me llevaría de la novela y quería aprovecharlo bien.

¿Te has nutrido de otros relatos que trabajen el vínculo entre paisaje, terror o naturaleza? ¿Compartirías algunas referencias?

Me encanta Fernanda Trías. Publicó este año ‘El monte de las furias’, donde pone una montaña y una mujer en el centro del relato. ‘Mugre rosa’ ya me había fascinado en su momento. En general me gustan mucho los relatos donde el paisaje interpela de alguna forma. Otro ejemplo precioso es ‘Canto yo y la montaña baila’ de Irene Solà.

El paisaje de Lanzarote puede resultar duro y abismal. ¿Cómo es tu relación con él?

Lanzarote me enseñó a mirar. Crecer en un paisaje que se aleja tanto de lo que hegemónicamente entendemos por bello me hizo aprender a fijarme en lo pequeño, en las formas de vida que se abren paso. Hay algo abismal en los volcanes, una conciencia constante de la fragilidad a la que soy muy sensible. Mi relación con la isla es ambivalente. No diría que soy dependiente de ella, pero sí que me atraviesa profundamente. Me alegra haber salido y seguir haciéndolo, pero también encuentro tranquilidad al volver. Este lugar me dio una forma de observar el mundo que no se me va. Lanzarote no es un decorado, es algo mucho más profundo y no se queda en los paisajes de postal. Me enseñó a entender que la vida no siempre se manifiesta de manera exuberante y que incluso en lo que parece vacío hay una intensidad silenciosa que merece ser atendida.

¿A qué jugabas de pequeña?

Me encantaba jugar con mi hermana a los Playmobil. Creo que fue la primera persona a la que empecé a contarle historias.

¿Compartirías un lugar de la isla que despierte tu imaginación?

Mi lugar favorito de Lanzarote es su cielo. Cambia constantemente y nunca es de un solo color. Puede ser blanco lechoso, rosa, violeta, naranja, a veces de un azul tan limpio que parece falso. La isla cambia completamente según la luz. Ahí es donde más se activa mi imaginación. No es un sitio concreto lo que me importa, creo que ahí la isla se vuelve especialmente generosa sin necesidad de ser señalada en un mapa.

Fotos e ilustraciones de Lana Corujo

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