Grabada con un iPhone como en Tangerine, la cineasta taiwanesa y estadounidense, colaboradora eterna del oscarizado Sean Baker, presenta su primera película en solitario: un drama generacional de una familia conformada por mujeres en apuros, en el trasiego nocturno de Taipéi.
Desde que ganase el Oscar a la Mejor película por Anora (2024) el año pasado, el nombre de Sean Baker, su director, ha pasado de los círculos más indies a los medios más generalistas. Si una sigue su trayectoría fílmica, observará que hay una línea constante entre sus primeras películas, Starlet (2012) o Tangerine (2015), hasta sus más celebradas, como The Florida Project (2017) o Red Rocket (2021), definida por el realismo de la puesta en escena, el encuadre vibrante y el retrato de zonas marginales de la sociedad. Pero el gran imaginario del cineasta de Nueva Jersey no se ha construido solo, y es que durante más de veinte años le ha acompañado su amiga Shih-Ching Tsou en diferentes partes de las producciones.

Este viernes se estrena La chica zurda en cines españoles, la inversión de los roles que no sabíamos que necesitábamos: Tsou dirige, y Baker co-escribe el guion y se encarga del montaje. La seña de identidad de los co-directores de Take out (2004), su primera obra conjunta, sigue estando ahí: el bullicio de la vida metropolitana y las difíciles relaciones sociales en el siglo XXI se mantienen retratados, solo que esta vez, los locales de inmigrantes en Nueva York dejan paso a los puestos de noodles en Taipéi, ciudad donde creció Tsou. Las dificultades por pagar el alquiler envuelven a una familia de mujeres, en la que la madre lucha por sacar adelante a I-Ann, su hija adolescente, y a I-Jing, una pequeña cleptómana, convencida de llevar el diablo en su interior.
La cinta quedó finalista a la Mejor película internacional en los Premios Oscar, y durante una conversación con #VEINDIGITAL, la cineasta ha explicado las motivaciones personales para llevar a la gran pantalla las luces, los sonidos y los olores -todos ellos captados con un iPhone-, del Taipéi más trasnochado.

Left-Handed Girl. (L-R) Janel Tsai as Shu-Fen, Nina Ye as I-Jing and Shih-Yuan Ma as I-Ann in Left-Handed Girl. Cr. LEFT-HANDED GIRL FILM PRODUCTION CO, LTD © 2025.
¿De dónde viene esta leyenda sobre que la zurda es la mano del diablo? ¿Es algo que te contaron cuando eras niña?
Sí, en realidad fue mi abuelo. Me lo dijo cuando estaba en el instituto. Me vio usar un cuchillo con la mano izquierda y me regañó, me dijo que la mano izquierda es la mano del diablo, y me pidió que no la usara. Así que de ahí viene la idea original.
Recuerdo que estaba en el instituto y ni siquiera era zurda en ese momento, porque me corrigieron muy pronto, probablemente en el parvulario. Pero mi cuerpo todavía lo recuerda.
Sigo usando la mano izquierda para los cuchillos, las tijeras, el micrófono, las gafas. Es mi mano dominante. Cuando me dijo eso, me quedé realmente impactada, ni siquiera sabía por qué. Sentí que había hecho algo mal y eso se me quedó grabado. Se lo conté a Sean Baker cuando llegué a Nueva York para hacer mi Máster en Estudios de medios.
¿Cómo surgió la amistad entre vosotros?
Coincidí con Sean en una clase de montaje. Él estaba haciendo esa clase después de haberse graduado en Tisch, la escuela de cine. En ese momento estaba montando su primer largometraje, y conectamos porque nos gustaban el mismo tipo de películas. Vimos juntas todas las del movimiento Dogma 95: Celebración [Thomas Vinterberg, 1998], Los idiotas [Lars von Trier, 1998]… Las vimos todas y nos enamoramos. Pensamos que queríamos hacer una película así, porque son muy efectivas. Están centradas únicamente en la historia, sin música sofisticada ni grandes efectos especiales. Así que le conté este recuerdo del instituto y él pensó: “Guau, la mano del diablo es una idea mágica”. Creyó que deberíamos escribir una historia sobre eso.
Por eso, en 2001 fuimos a Taiwán, para intentar encontrar la historia. Él nunca había estado en Taiwán, pero yo crecí allí, así que quise enseñarle absolutamente todo: los mercados nocturnos, los puestos de nuez de betel, los paisajes, todo. Se enamoró de Taiwán. Luego volvimos a Nueva York y nos dimos cuenta de que no era posible conseguir financiación. Era una película en lengua extranjera y en aquella época, a principios de los años 2000, a la gente no le gustaban las películas subtituladas. Así que en 2003 hicimos Take out, solo gastamos 3.000 dólares, y éramos solo dos personas en el equipo.
Hacer esa película fue una experiencia de aprendizaje fundamental para los dos. Básicamente seguimos los principios del Dogma 95: rodar en localizaciones reales, hacer casting en la calle, usar a clientes reales como actores, y aprender a hacer una película prácticamente sin nada. Así aprendimos a hacer todas las películas posteriores: Starlet, The Florida Project, Tangerine… Después de Red Rocket, volvimos a Cannes a la Sección Oficial. Allí encontramos a uno de nuestros inversores, y por fin pudimos sacar adelante La chica zurda.

¿Qué encontráis el uno en el otro como compañeros de trabajo?
Desde Take out tuvimos que ser un equipo. Teníamos que ayudarnos mutuamente con todo lo que yo podía hacer y él no, o lo que él podía hacer y yo no. Trabajando en todas sus películas, tuvimos que llevar muchos sombreros distintos. Como productora, yo hacía vestuario, hacía casting en la calle, buscaba localizaciones, muchas veces gestionaba derechos musicales… tenía que solucionar mil cosas. Es casi como una lucha constante, como apagar incendios. Creo que todas esas experiencias me dieron habilidades muy distintas. Él es un director extraordinario. Es muy abierto, le encanta colaborar con el equipo, y siempre acepta sugerencias. Eso es muy importante: ser flexible y no aferrarse a una sola idea.
¿Por qué decidiste rodar con un iPhone? ¿Tiene que ver con ese look del Dogma 95?
Además de eso, porque quería rodar en un mercado nocturno real. Y si has estado en uno, sabes que no hay forma de colocar una cámara grande. En cuanto la gente ve una cámara, todo el mundo se acerca, porque quieren saber por qué estás rodando y quiénes son las estrellas. Queríamos capturar el mercado real, y la única forma era usar una cámara pequeña y discreta, con un equipo mínimo. Éramos cinco o seis personas con un pequeño iPhone. Nadie se daba cuenta de que estábamos rodando una película. Incluso venían clientes reales a pedir noodles a nuestra actriz, porque pensaban que era un puesto de verdad.
La otra razón es que teníamos una actriz infantil y también una actriz debutante, la hermana mayor. Una cámara grande intimida mucho. Puede resultar perturbadora, incluso para actores profesionales. Usar una cámara pequeña nos permitió acercarnos más a los personajes y ofrecer al público una experiencia mucho más inmersiva.

La pequeña Nina Ye es una actriz muy talentosa. ¿Cómo la elegisteis?
Hicimos tres rondas de casting a través de redes sociales. Vi entre 50 y 70 vídeos de audición, pero no la encontramos. Al final nos la recomendó un agente en Taiwán, porque en ese momento era una pequeña estrella de anuncios. Actuaba en publicidad desde los tres años, así que cuando la elegí, con seis años, ya tenía tres años de experiencia. Recuerdo que en 2022 encendías la televisión y aparecía en casi todos los anuncios. Tenía una cara muy dulce y su interpretación era muy natural. Cuando la conocí y vi su prueba,
tenía esa cualidad tan inocente, tan pura. Sabía perfectamente qué hacer en el rodaje.
Era muy profesional. Sabía cómo comportarse delante y fuera de cámara.
Me pregunto cómo la dirigiste, porque la película habla de verdades muy duras
y retrata momentos complicados. ¿Cómo interactuó ella con todo eso?
En ese momento no sabía leer el guion, porque estaba en chino. Así que dependimos mucho de su madre para ayudarla a memorizar los diálogos y entender la historia. No quise hacer ensayos familiares intencionadamente, porque la dinámica en la familia ficticia no era de mucha cercanía. No hay demasiada calidez entre ellas, así que no quería que ensayaran demasiado. Cada una preparaba su papel en casa y luego llegaban al set y construían los personajes juntas, en el rodaje.
Dirigir a una niña pequeña es casi como jugar a fingir. En el set jugábamos a imaginar: “Imagina que tu madre y tu hermana están discutiendo. ¿Normalmente qué harías?
Probablemente escuchar, porque eres una niña pequeña. Así que simplemente escuchas
mientras sigues haciendo lo que estabas haciendo, como dibujar o leer algo por tu cuenta. Pero sigues atenta a la conversación”.
Supongo que la intuición era muy importante con ella.
Sí, por supuesto, y además me inspiré muchísimo en mi hija, porque tenía la misma edad que ella. Por eso quise hacer esta película después de ser madre. Fue muy importante, porque observar a mi hija me dio muchísima inspiración sobre cómo reaccionan las niñas pequeñas ante distintas situaciones. Diría que ser madre me dio una perspectiva completamente diferente.
Sobre ese personaje de la hermana, interpretado por Shih-Yuan Ma, trabaja en un puesto de nuez de betel, donde se anima a las camareras a mantener una actitud sensual y vestir con muy poca ropa. ¿Es algo común en Taipéi?
Los puestos de nuez de betel fueron un fenómeno en Taipéi. Sobre todo a finales de los 80 y en los 90. En cada barrio veías varios. En realidad se trata de un fruto que crece en un árbol muy alto, parecido a una palmera. La gente mastica la semilla porque es estimulante, te mantiene despierto. Es parecido al tabaco de mascar. Llegó a ser tan popular que se convirtió en una competición entre negocios. Empezaron a contratar chicas jóvenes que vestían ropa muy provocativa para atraer a clientes masculinos. Es básicamente “el sexo vende”. Las chicas cada vez llevaban menos ropa. En un momento dado, la policía empezó a multarlas por no llevar suficiente ropa. Era casi ilegal. Si buscas en Google, encontrarás muchas imágenes de ellas. Hoy en día ya no es tan común. Todavía existe, pero fuera de la ciudad de Taipéi.

Con la película, has retratado cuatro generaciones de mujeres: abuela, madre, adolescente e hija. ¿Era una forma de rendir homenaje a tu familia o a las mujeres con las que creciste?
Sin duda. La relación entre madre e hija está inspirada en mi propia vida y en historias de amigas cercanas. Mi madre tiene cinco hermanas y un hermano. Esa preferencia por los hombres viene de mi propia familia, y es algo que he visto en muchas otras.
Durante diez años seguí a una familia de un mercado nocturno. En 2010 volvimos a Taipéi y nos quedamos un mes escribiendo el guion con Sean Baker. De día escribíamos en casa y por la noche visitábamos los mercados. En uno de ellos conocimos a una niña pequeña que tenía cinco años y su madre tenía un puesto de fideos. Corría sola por el mercado. Me hice amiga de la familia y durante diez años los visité y escuché sus historias.
Además, la película habla de la maternidad, la pobreza, el deseo de independencia, el amor y el sacrificio. ¿Has tenido que sacrificar muchas cosas para dedicarte al cine?
No lo llamaría sacrificio. No estudié en una escuela de cine, pero me enamoré de él. Empecé a hacer películas porque conecté con Sean Baker y queríamos crear juntos. Cada película me llevó a un mundo distinto. Exploramos comunidades diferentes y contamos historias distintas. Hacer películas ha sido mi educación. Me permitió conocer comunidades a las que nunca habría accedido, como la comunidad trans en Tangerine. Así que no lo veo como un sacrificio. Veo como un privilegio poder contar sus historias, dar voz a quienes no la tienen. Para mí, hacer cine sobre distintas comunidades es un privilegio.

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