‘Cuaderno de campo’, de María Sánchez

16 / 05 / 2017
POR Ana Muñoz

Existe un pueblo en Soria, de cuyo nombre no quiero acordarme, en el que solo vive una joven pastora. El hecho, susceptible de convertirse en noticiable, saltó a los medios de comunicación no debido a que haya un pueblo habitado por una única persona, como sería lógico, sino porque se trata de una #joven #mujer #pastora.

María Sánchez es una #joven #mujer que ejerce como #veterinaria. Pero también es una #joven #mujer #poeta que huye de las etiquetas. Etiquetar a un poeta es como querer ponerle puertas al campo. No se puede. Por otro lado, María ha declarado en más de una ocasión que, como lectora, espera el poema más que al poeta y me parece que esa especie de jerarquización “deductiva” (pasar de los poemas al poeta) es la que desea también para ella: saber a qué se dedica no es imprescindible para leer Cuaderno de campo (La Bella Varsovia, 2017), aunque, finalmente, sí que ayude a completar su significado. “María tiene que estar necesariamente relacionada con el campo”, pensamos mientras leemos el poemario, pues lo conoce como muy pocos escritores contemporáneos suelen. De esta manera, el campo no resulta de la búsqueda de evasión ni es una suerte de “locus terribilis”; sencillamente, es el ambiente en el que acontece gran parte de la cotidianidad de la poeta y, no menos importante, es la continuación de la cotidianidad de su familia.

Para entender el “determinismo” geográfico y genealógico de María, se me ocurren las siguientes citas: la primera es de Azorín y dice que “Vivir es volver” y la segunda es de Elías Canetti, quien afirma que “El presente es el culpable de todos los dolores”. ¿Podemos tener esperanzas para el pasado? Sí, y una manera de ejercerlas es mediante la escritura de poemas. Como algunas reseñas ya han apuntado, Cuaderno de campo “no sabe a debut, sino a voz curtida en la creación y la siega”. María Sánchez ha tardado en publicar su primer libro (para mí, es un valor añadido en esta vida de escaparates y prisas), pero ha sido en pro de una mayor perspectiva y de una mayor sabiduría, superando ese abismo entre lo que se aprende y lo que se cuenta al que en algún momento se refiere: (…) me toca hablar a mí… / a mí, que me gusta situar las cosas / en la región exacta / darles un significado / proveerlas de una historia. María no solo sabe de cuerpos y enfermedades de animales: si algo queda claro en el poemario, es que los saberes de las ciencias y de las letras son caminos que se entrecruzan y se enriquecen constantemente, en contra de la mirada “sinóptica” de la que habla Platón y que Ortega define como “la barbarie del especialismo”, y que en la época de nuestros abuelos debieron de formar parte de un único sendero.

 

María necesita explicarse a sí misma su propio pasado para entender su presente: “por eso la memoria sedienta quiere venir a la superficie / en busca de la parte con la que no diste”, dice Sophia de Mallo. Y, por ello, pide la voz (padre no me enseñó a huir. / solo a quedarme quieta y a no hacer ruido) y la palabra (¿quién recogerá todo lo que una mujer escribe?): Cuaderno de campo supone una reivindicación de su rol como bisnieta, nieta, hija o mujer en un mundo que ha venido siendo tradicionalmente masculino y patriarcal (Ellos me hablan como a un hombre. / Ellos esperan de mí lo que esperan de un hombre), siendo, a la vez, una reivindicación del mundo de su bisabuelo, su abuelo o su padre, que la segadora del capitalismo y de la vida en las grandes ciudades se ha encargado de arrancarnos. Y lo hace desde una suerte de “postcostumbrismo emocional” que, por su implicación afectiva, poco o nada tiene que ver con la “ecología contemplativa” de Alexander von Humboldt o Charles Darwin, incluso de Thoureau, más con la Emily Dickinson en su jardín de Amherst:

 

Soy la tercera generación de hombres que vie-

nen de la tierra y de la sangre. De las manos de

mi abuelo atando los cuatro estómagos de un

rumiante. De los pies de mi bisabuelo hundién-

dose en la espalda de una mula para llegar a la

aceituna. De la voz y la cabeza de mi padre re-

pitiendo yo con tu edad yo y tu abuelo yo y los hombres.

 

“Si te adentras, si excavas, si te arriesgas a reconstruir. / Si el punto que durante años ha sido alimentado se aviva un poco”, escribe Anne Carson. “Cuando el recuerdo duele, / se mueve la memoria, la nostalgia cae y tú surges / del pasado pronto a herirme”, dice María Gabriela Llansol.

 

Siguiendo con esa reivindicación (casi) feminista y recuperando la visión que María tiene del campo, visión a la que me he referido antes, es también interesante apuntar que la imagen que en el poemario se ofrece de la mujer no es en absoluto condescendiente*: se trata de una mujer que ofrece cobijo en su pecho (isla, paraíso, cúmulo de leche invisible) y que, no obstante, enseña a los hombres a tener hambre con esa parte de su cuerpo. Chantal Maillard expresaba en una entrevista:

 

Todo nacimiento es una violencia, para la madre tanto como para el hijo. Luego entramos en el círculo del Hambre. Toda vida se sostiene sobre la muerte de otros. Pero nuestra especie es redundante: a la violencia necesaria añade otras incontables violencias. ¿Cómo contemplar todo esto sin que la lengua se ponga a tiritar?

 

En la poesía de María, la visión descarnada de la maternidad, casi como epítome de la vida y de la muerte, lleva a rebuscar con los dedos las raíces, a buscar refugio en el barro, a sangrar sueños y lágrimas; tiene un protagonismo especial.

 

*Tampoco es indulgente la visión del mundo animal: en el poemario, aparecen aves que, cuando escasea la comida, ignoran los lamentos de las crías más débiles o bestias que devoran la presa en el mismo lugar donde el cuerpo queda sin vida; pero también coyotes (esos cánidos que son como perros solitarios) que permanecen con la hembra durante todo el embarazo y llevan comida a las crías o vacas, perros, yeguas y gatos que nos proveen de corazón, dientes, placenta o vientre. No en vano, los profesores de Biología nos alertaban en ESO y en bachillerato de que nuestro corazón era parecido al de un cordero y nuestro riñón al de un cerdo.

 

¡Al de un cerdo!

 

“Luego, nació el Hombre”, escribió Ovidio en la Metamorfosis: “(…) todos los animales van con la cabeza baja y fijan su mirada en el suelo, pero él dio al Hombre un rostro levantado y le ordenó que estuviera erecto y que elevara sus ojos al cielo”. En esta misma obra, el poeta asegura que “Los hechos de la raza y de los antepasados, y lo que hicimos nosotros mismos, apenas lo atribuimos como nuestros”, aunque parece que en María Sánchez sí hay un sentido de la herencia y un compromiso con lo ancestral.

 

Cuaderno de campo nos habla de la vida y la violencia, del hogar y las manchas, de la ternura y la presa, con un tono inusitado: la ternura siempre es / más fácil con un trozo de pan en la boca. Nos habla de desvanes y rodillas, de balas e injertos, de errores y belleza, de infancia y cuchillos, de la carne y el sueño, de aquello que queda en herencia como quedan el frío y los síntomas… La misma lástima en las manos: manos que comienzan a escribir, manos que cuidan, sucesión de manos (no una sucesión de gritos, / no una sucesión de espacios). Manos que agarran. Manos del campo: Hablo de tener las manos ardiendo y empapadas / de sangre, hablo de los últimos movimientos y / de lo caliente que está un cuerpo antes de marcharse.

 

A la #joven #mujer #pastora de aquel pueblo de Soria, le molestó que su historia apareciera en la televisión porque le pareció que aquello podía suponer una llamada para los ladrones que pudieran robarle o por supuesto desvalijar el resto de casas del pueblo, al que regresan unos cuantos sorianos verano tras verano. Una casa puede ser un desierto, dice #María. En sentido figurado, claro. Pero también literal.