Entre la curiosidad y la incertidumbre, Ana Martínez Fernández construye un lenguaje artístico propio, donde el proceso creativo abre caminos que escapan a cualquier respuesta definitiva.

Ana Martínez Fernández (Cantabria, 1982) encuentra en la observación una forma de acercarse a aquello que, por cotidiano o familiar, dejamos de mirar. Su práctica artística nace de la curiosidad, de las intuiciones que todavía no tienen una explicación y de la confianza en que hacer también es una manera de pensar. A través de la escultura, explora las relaciones entre los objetos, los materiales y los espacios que habitamos, atendiendo a las posibilidades que aparecen cuando algo cambia de contexto o deja de ser exactamente lo que parecía. En ‘La Mancha más ciega‘, presentada en La Capella de Barcelona, continúa investigando las formas en que nuestra percepción puede transformarse, invitándonos a recorrer el espacio sin dar por sentado aquello que vemos. Un proyecto en el que lo reconocible convive con lo extraño y en el que la mirada necesita detenerse para descubrir nuevas relaciones. Más allá de las respuestas que pueda ofrecer una obra, a Martínez Fernández le interesa su capacidad para generar preguntas, activar intuiciones y establecer conexiones inesperadas con quienes se encuentran ante ella. Hablamos con la artista sobre la curiosidad como motor creativo, la incertidumbre como parte del proceso y la posibilidad de compartir experiencias que no siempre necesitan explicarse con palabras.
Si tuvieras que explicar qué te interesa del arte a alguien que no conoce tu trabajo, ¿por dónde empezarías?
Me interesa poner en funcionamiento ideas complejas que, para ser transmitidas, necesitan de una experiencia de conectividad casi desordenada, de creer en el potencial de ese desorden, y no tanto de la descripción rígida de un dato.
Es una forma de mirar que se pregunta constantemente qué sucede alrededor y qué nos motiva internamente. No tiene que ser más coherente que eso. Hay una especie de ronroneo que te dice que mires ahí, aunque parezca no tener sentido en relación con todo lo demás que tienes que hacer en el día a día. Se trata de confiar en que hay algo ahí, aunque el primer impulso de adentrarte en ello sea abstracto, y ver qué puede aparecer a partir de esa motivación.


¿Qué recuerdas de la artista que eras cuando empezabas y que todavía sigue presente en lo que haces hoy?
La curiosidad, que puede surgir de cosas extremadamente pequeñas y anodinas. Pero, sobre todo, la confianza en que, a través del hacer, se pueden comunicar modos de ver y de actuar que van más allá de lo que puede explicarse directamente.
¿Qué cosas consiguen despertar tu curiosidad últimamente? Pueden ser objetos, imágenes, conversaciones, lugares o incluso cosas que aparentemente no tienen nada que ver con el arte.
Últimamente me fijo mucho en los restos de las fachadas antiguas que quedan protegidos de los nuevos recubrimientos. Por ejemplo, cuando un balcón se cierra con un cerramiento permanente, la pared que antes era exterior pasa a formar parte del interior de la casa. Me interesa ese cambio de condición de una superficie y todo lo que queda como resto de algo que ya no está.
Este ejemplo tiene que ver con una forma de mirar desde un lugar concreto, que aparece cuando, por momentos, sientes cierta insatisfacción con el entorno que te rodea. A partir de ahí, empiezas a destruir y construir nuevas realidades.
¿Eres una persona que observa mucho lo que ocurre a su alrededor o necesitas entrar en el estudio para empezar a mirar de otra manera?
Lo que me rodea es clave como motor de acción. Es lo que proporciona el estímulo que pone en marcha el trabajo en el estudio y despierta el sentido de la intuición.
Después, cuando el trabajo comienza, el estímulo empieza a venir también de lo que ocurre dentro del estudio. Pero una cosa no sustituye a la otra: lo que sucede en el estudio sigue relacionándose con aquello que provocó el trabajo inicialmente, aunque lo que va ocurriendo allí también genere nuevas posibilidades. Es un movimiento continuo entre una cosa y otra. El trabajo surge de lo que pasa en el estudio, pero, de alguna manera, aquello que va tomando forma sigue mirando hacia fuera y relacionándose con el entorno que lo puso en marcha.


Muchas veces encontramos belleza o interés en cosas que normalmente pasan desapercibidas. ¿Hay algo que hayas descubierto recientemente y que ahora no puedas dejar de mirar?
Si puedo, intento ir andando a todas partes, pero también en otro tipo de desplazamientos encuentro cosas en las que me fijo. Últimamente, por ejemplo, me llaman la atención los portales.
Normalmente no me interesa simplemente reconocer aquello que estoy mirando, sino hacer una especie de relectura: empezar con algo y descomponerlo, como si hubiera que sacar de ahí algo que permanece oculto.
¿Cómo es un día normal de trabajo para ti? ¿Tienes rutinas o necesitas que cada proyecto encuentre su propia manera de hacerse?
Cambia mucho dependiendo del trabajo que esté haciendo. Normalmente disfruto especialmente cuando hay varias piezas en marcha a la vez en el estudio. En esos momentos, cada una puede requerir una manera de hacer o un encuentro físico diferente.
Hay piezas que necesitan un gran esfuerzo físico, movimientos rápidos o espontáneos. Otras te piden sentarte y hacer gestos lentos y repetidos. Me gusta cuando sucede esto y puedo ponerme a trabajar según cómo me encuentre ese día.
¿Qué relación tienes con la incertidumbre cuando trabajas? ¿Necesitas saber desde el principio hacia dónde vas o te gusta que la obra te lleve a lugares que no habías previsto?
La práctica consiste, para mí, en buena medida, en no saber hacia dónde voy. Es precisamente ese no saber el que, paradójicamente, más me mueve.
Necesito sentir cierto descontrol. A veces aparece a través de un cambio de escala que puede llegar a entorpecerme. Otras veces surge, de manera inesperada, del dominio de una técnica que, cuando llegas a conocer bien, te permite dejar de controlarla y trabajar más desde el instinto.


Hay materiales que asociamos inmediatamente con determinados lugares o formas de vida. ¿Hasta qué punto te interesa todo lo que un objeto ya trae consigo antes de que tú empieces a trabajar con él?
No me interesa demasiado trabajar con la simbología o la memoria que ya tiene un objeto o un material. Lo que sí me interesa es explorar y potenciar las conexiones que esa información puede producir.
Las elecciones de un material concreto casi nunca son inocentes, aunque algunas estén más pensadas que otras. Después, al trabajar esas formas, el lugar donde van a estar o aquello con lo que van a relacionarse también modifica lo que ese material acaba siendo.
Me interesa observar qué ocurre mientras avanzo, trabajo y muevo las cosas. El material inicial nunca permanece exactamente igual, porque el propio espacio en el que se encuentra también cambia.
En tu nueva exposición, La Mancha más ciega, has construido una situación que invita a recorrerla y descubrirla poco a poco. ¿Qué te gustaría que le sucediera a alguien que entra allí sin saber absolutamente nada de la obra?
Sí, el recorrido es importante para mí, así como los tiempos de la mirada y el modo en que el cuerpo se encuentra con la pieza.
Hay una sucesión de encuentros. Primero aparece el muro que atraviesa el espacio y que ya puede verse desde la calle. Después, al entrar, ese muro empieza a convertirse en estructura, pero también en pieza. Es entonces cuando se produce el primer contacto con el material, que poco a poco se va haciendo más complejo.
Al girar hacia un lado o hacia el otro, se van desplegando otros elementos que una va asimilando. Finalmente, al llegar al fondo del espacio, puedes ver cómo todo aquello que has recorrido se integra en la totalidad del lugar.
Me interesaba sugerir cierta ralentización de la mirada: que el cuerpo tuviera que encontrar su propia manera de recorrer el espacio, sin demasiado alivio visual. Un mismo material constante y tres escalas, unas dentro de otras.


¿Qué fue lo primero que imaginaste cuando empezaste a pensar en esta exposición? ¿Ha terminado pareciéndose a aquello que imaginabas?
Lo primero que quise fue trabajar con un material que respondiera a la piedra de la que está hecha toda La Capella, que pudiera potenciarla, pero también desajustarla.
Me interesaba partir de ese conflicto aparente entre dos materiales para ver si podían transformarse mutuamente. Quería comprobar qué sucede cuando dos cosas que aparentemente no tienen nada en común, un material que imita frente a otro tan recio, empiezan a comunicarse.
Hay algo muy doméstico en algunas de las imágenes y objetos que aparecen en el proyecto. ¿Qué relación tienes tú con esa idea de casa, de interior o de lugar habitado?
Me interesa el modo en que el cuerpo ocupa un espacio y cómo nos relacionamos con los lugares que encontramos.
En esta exposición hay piezas que se acercan formalmente a objetos que reconocemos. Mi intención no es hablar explícitamente de su carácter doméstico, pero tampoco quiero impedir que aparezca esa lectura. Voy tomando decisiones y dejo que determinadas asociaciones puedan surgir por sí solas.
En este caso, se produce una especie de entrega de la referencia, como ocurre con la forma de una silla de comedor concreta, para volver a ella y centrarme en su forma sin buscar necesariamente un significado en el lugar del que procede. Se trata de dejar que algo pueda parecer lo que es sin tener que decidir del todo qué es.
¿Crees que nuestra manera de mirar las cosas cambia cuando sabemos que estamos ante una obra de arte? ¿Te interesa jugar con esa expectativa?
Saber que estamos ante una obra de arte cambia nuestra manera de mirar, porque introduce unas expectativas y unas herramientas de lectura determinadas. Pero me interesa precisamente que la experiencia pueda desbordarlas.
Me interesa la experiencia individual y colectiva que se produce cuando miramos o atravesamos lugares que nos devuelven cierta complejidad. No me preocupa tanto cuánto tiempo tarda alguien en percibir algo ni si lo percibe de una determinada manera. Puede estar un poco perdido.
Lo que me interesa es generar la suficiente apertura para que aparezca una intuición que antes no estaba. En ese sentido, entiendo la transmisión no como el traslado de un significado cerrado, sino como el encuentro entre sistemas intuitivos distintos.


¿Qué te ha enseñado tu propia trayectoria que no podrías haber aprendido estudiando arte o hablando sobre arte?
No sé si entiendo bien la pregunta, porque para mí la trayectoria se basa precisamente en una experiencia continuada de hacer, estudiar y hablar, y me cuesta pensar en una de esas cosas sin las otras.
Si tuviera que señalar algo que he aprendido con los años, hablaría del proceso de instalación de una exposición. Para mí, exponer es muy importante, porque no significa simplemente trasladar las obras del estudio al espacio expositivo. Es durante la propia instalación cuando empieza a aparecer lo que realmente va a suceder allí.
Una exposición es también una experiencia colectiva en la que pueden tener lugar cosas que solo sabemos intuitivamente y que, de alguna manera, tardamos mucho tiempo en plantear. El hacer y el exponer permiten que esas intuiciones se desplieguen, se transformen y, quizás después, lleguen a convertirse en algo que sí podamos pensar.
¿Hay alguna preocupación personal que, aunque no aparezca de forma evidente en tus obras, sientas que atraviesa todo lo que haces?
Me preocupa cómo hacer que algo complejo pueda convertirse en algo colectivo: algo que pueda transmitirse y cambiar al encontrarse con otra persona, incluso aunque no pueda explicarse del todo.
Me interesa que algo que nace de una intuición pueda mover a otra persona y convertirse, al pasar por ella, en otra cosa.
Cuando terminas una exposición y la dejas atrás, ¿qué es lo que te llevas contigo? ¿Una respuesta, una nueva pregunta o simplemente ganas de empezar otra cosa?
No sé si llego a dejar nunca atrás una exposición. Normalmente, todas las que voy haciendo están, en mayor o menor medida, dentro de las siguientes. Una da pie a que suceda la que está por venir.
Me interesa mucho esa relación entre las obras y su propio cúmulo: lo que una experiencia deja y cómo vuelve a aparecer transformada en otro momento. La perspectiva posterior de un trabajo muchas veces surge cuando comienza otro.
Supongo que extender los hallazgos es un poco un vicio. Se trata de seguir reaccionando a las circunstancias que el momento, el lugar y las personas van proponiendo, y ver qué puede aparecer ahí.








