Emily Dickinson, la muerte, las flores y los astros

10 / 12 / 2015
POR Marisa Fatás

Cuando lees a Emily Dickinson encuentras miedo y amor, dolor y belleza, tradición y rebeldía y un universo en el que la vida y la muerte se confunden. Su poesía es críptica y entre metáforas describe realidades con las que, al amparo de un poco de luz, es fácil identificarse.

Emily Dickinson

Emily Dickinson

Emily nació en 1830 en una Massachusetts que, como en resto del Noreste de EE.UU., respiraba ya un ambiente más liberal e intelectual que en el Sur, todavía atado al yugo del pasado. La Guerra de Secesión de los Estados Unidos permitió comenzar a romper tímidamente con viejas costumbres atávicas como la esclavitud y algunos hábitos ancestrales de la cultura patriarcal.

Ella respiró esos aires de libertad, pero, por aquel entonces, ser mujer, poeta y no comulgar con los valores religiosos puritanos eran tres fuentes infalibles de dolor, inseguridad y tristeza. Encerrarse entre las cuatro paredes de su casa parecía la opción más segura. Encontrar consuelo en la escritura, las flores de su jardín y las estrellas del cielo, la única escapatoria. Muchos achacaron a una enfermedad mental este aislamiento pero es muy probable que Emily no quisiera jugar a volar sabiendo que tenía las alas rotas.

 

La Muerte

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La idea de la muerte despertaba en Emily sensaciones contradictorias de sufrimiento y liberación. En sus poemas se acerca continuamente a ella, a menudo a través de una religiosidad individual, haciendo referencia a los ritos litúrgicos que la acompañan e interpretándolos de una forma muy personal. Dejar la vida suponía para ella escapar del sufrimiento y la decadencia de este mundo y, al mismo tiempo, la posibilidad de trascender.

Oí zumbar una mosca – al morir

Oí zumbar una mosca – al morir
la quietud del cuarto
era como la quietud del aire –
entre los sobresaltos de la tormenta –

los ojos que me rodeaban – se habían vaciado –
las respiraciones se unían firmes
para la última ceremonia – en que el Rey
aparecería – en el cuarto –

yo había legado mis recuerdos – legado
todo lo que podía transferir de mí
fue en ese momento cuando se interpuso una mosca –

con azul zumbaba – indecisa tropezaba –
entre la luz – y yo –
y luego las ventanas declinaron – y luego
no pude ver para ver –

 

Las flores

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Emily sentía un gran amor por las flores y sus conocimientos de botánica le permitieron cultivar las de su jardín. Entre las hojas de sus libros, su hermana encontró algunas disecadas. Probablemente, muchas de ellas acompañaran aquellos poemas que hablaban de rosas, violetas, geranios o jazmines y que contenían en cada una de ellas un misterio romántico. Su feminidad se ocultaba entre sus pétalos y el amor era un secreto solo compartido con los espíritus celestes.

Me escondo dentro de mi flor

Me escondo dentro de mi flor
Para que, me lleves en el pecho,
Tú, desprevenido, también me lleves-
Y sólo los ángeles sabrán lo demás.

Me escondo dentro de mi flor
Que al marchitarse en tu jarrón,
Tú, sin intuirlo, sientas por mí-
Casi soledad.

 

Los Astros

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Ella encontraba entre las constelaciones estelares posibles cobijos que le ofrecían la posibilidad alcanzar los placeres eternos. Haciendo de la ciencia un uso romántico, Emily aplicaba sus conocimientos rudimentarios de astronomía al servicio de su espiritualidad. Era su poesía la que le permitía establecer contacto con lo invisible, en un intento de negociar la resurrección en el cielo.

Bajo la Luz, más abajo

Bajo la Luz, más abajo,
Bajo la Hierba y la Suciedad,
Bajo el Sótano del Escarabajo,
Bajo la Raíz del Trébol,

Más lejos de lo que el Brazo puede alcanzar
Si tuviera el tamaño de un Gigante,
Más lejos que la Luz del Sol
Si fuera el Día de un Año

Sobre la Luz, más arriba,
Sobre el Arco del Pájaro –
Sobre la chimenea del Cometa –
Sobre la Cabeza del Cubo,

Mas lejos de lo que la Adivinanza puede galopar
Más lejos de lo que cabalga el Acertijo –
¡Oh por un Disco la Distancia
Entre Nosotros y los Muertos!

 

Emily Dickinson dejó 2000 poemas manuscritos. Tratar de definir un universo tan abismal en unas líneas es tarea imposible. Sus poesías eran para ella utensilios con los que explorar el significado de su existencia y, hoy por hoy, el mapa todavía es incierto. Sin embargo, las esperanzas y terrores de hace casi 200 años siguen lanzando una confusión iluminadora que continúa modelando nuestra existencia por lo que reconocerse en ella no es tan extraño.