Con ‘PA’, Anna Ferrer convierte la herencia panadera de su familia en una propuesta sonora y escénica profundamente personal. A partir de sonidos del obrador donde creció, la artista menorquina construye un universo que mezcla música de raíz, experimentación y memoria para reflexiónar sobre aquello que heredamos y aquello que decidimos transformar. Un trabajo que desdibuja los límites entre arte, oficio y tradición.
Anna Ferrer lleva años explorando la música de raíz desde un lugar poco habitual, como un cuerpo vivo capaz de mutar, expandirse y dialogar con el presente. La artista menorquina, que en trabajos anteriores convirtió jotas, boleros y romances en paisajes sonoros atravesados por la electrónica y la experimentación, alcanza ahora su propuesta más íntima y radical con ‘PA‘, un trabajo atravesado por la memoria, la herencia y la transformación.
Esta nueva entrega nace de una decisión profundamente personal: no continuar con la tradición panadera de cuatro generaciones de su familia. Lejos de entenderlo como una ruptura, Ferrer convierte ese gesto en el centro conceptual y emocional de la obra. En ‘PA’, la compositora no abandona el oficio, sino que lo traduce a otro lenguaje. El sonido del obrador donde creció, las amasadoras, el metal, la madera o los ritmos mecánicos y repetitivos de las máquinas se transforman en la materia prima de un universo sonoro construido desde la experiencia y la memoria. La guitarra española dialoga con utensilios de panadería utilizados como percusión, mientras los sintetizadores y las texturas industriales evocan el zumbido constante del trabajo artesanal.
Más allá de lo estético, ‘PA’ reflexióna sobre aquello que heredamos y aquello que decidimos transformar, convirtiendo el pan en símbolo de comunidad, transmisión y cuidado. Ferrer entiende la musica desde ese mismo lugar, un espacio capaz de compartir y conectar lo íntimo con lo colectivo. Una idea que también atraviesa el directo, donde comparte escenario con su padre panadero en una propuesta escénica que desdibuja los límites entre arte y artesanía, tradición y contemporaniedad.
Acabas de publicar ‘PA’, tu cuarto disco, muy ligado a tu historia familiar. ¿En qué momento sientes que todo eso tenía que convertirse en música?
Hace 4 años me doy cuenta de lo que me representa internamente que el linaje de panaderos del que vengo (yo sería 5a generación) se acabe a través de mí decisión; sólo a través de la música y el arte podría ritualizar ese traspaso del oficio y llegar a comprender y a digerir el duelo de dejar ir todo este legado para celebrar la libertad con la que yo he podido decidir que mí camino sea otro.
Hay una decisión importante en el origen del proyecto y es no continuar con la tradición panadera de tu familia, pero sí transformarla en otra cosa. ¿Cómo has vivido ese proceso?
Ha sido la experiencia de unidad entre lo personal y lo artístico más potente que he vivido hasta el momento. Nunca había conectado con tanta certeza con el dispositivo que nos ofrece el arte a través del cuerpo para procesar historias tan personales y, en parte, lo he podido vivir así, porque decidí que mi padre (panadero) estuviera conmigo en el proceso de creación (sonora y escénica) y ha acabado siendo el protagonista de la propuesta del directo (estamos juntos de gira). Incluírle en el proceso de creación me ha permitido ver cuánto de la filosofía del pan ya existe en mí forma de entender la música, a la vez que he visto cuánto de la concepción del arte y del pensamiento ya está implícito en la forma en la que mi padre hace el pan (tanto conceptual como físicamente). Ha sido absolutamente sanador, liberador y emancipador desde el lado más honesto y profundo de la vida.
Siempre has trabajado con música de raíz, pero llevándola a terrenos más experimentales. ¿Qué te interesa de mezclar lo antiguo con lo contemporáneo?
Todos somos todo eso a la vez. Me interesa sobre todo ir desmontando esa idea de los tiempos de lo antiguo y lo presente, entender el tiempo en otra dimensión más vertical, en tanto que de alguna manera, todo estuvo allí siempre, porque eso me parece liberador y me invita al juego porque no compartimenta. Aquello que entendemos como la raíz, o la tradición, no era más que la música pop de otra gente que estuvo viva en otro momento, pero me parece importantísimo no idealizar ni romantizar, porque entonces lo ponemos en vitrinas y muere. Es más interesante para mí, jugar con sus reglas y continuar con el juego que propone.
En tu disco anterior, ‘Parenòstic’, ya había algo muy ritual y muy escénico. ¿Qué cambia ahora en ‘PA’?
Diría que Parenòstic me abrió el deseo de jugar con el cuerpo en escena; con PA he llevado ese deseo al límite y me lo he gozado sin ningún tapujo. PA es como un autoregalo que me hago de experimentación artística, escénica, en el que el género y la disciplina no importan, en tanto que venimos acostumbrados a mostrarnos sobretodo con aquello en lo que nos hemos entrenado. Con PA yo defiendo la idea de que el arte está aquí para que cada uno hable desde esa voz que le distingue, es como la parte más pequeña de uno, la que queda cuando quitas todas las capas de lo aprendido, como un pequeño puntito negro que está en el centro de cada uno. Ese puntito negro, que no entiende de disciplinas, le da igual a través de qué aparece (texto, cuerpo, música…). Con PA quería darme ese permiso. Lo he podido hacer porque estaba acompañadísima de alguién que tiene el poder de ver todo el rato el puntito negro de todas: Ernesto Artillo. En la música me ha acompañado desde allí también Álex Hernández.
Este disco nace del sonido de un obrador, de cosas muy concretas, máquinas, madera, metal… ¿Cómo fue llevar todo ese universo al sonido del álbum?
Fue un regalazo poder mirar un lugar tan quirúrgico, artesano y cotidiano para mí desde la mirada artística, sonora y plástica. Hicimos una residencia en el obrador de mis padres con Ernesto Artillo (director artístico del proyecto) y Álex Hernández (productor musical) en el que estudiamos los materiales, los sonidos y las interrelaciones entre ellos. Creamos una biblioteca de sonidos grabando los gestos de las manos de mi madre y de mi padre haciendo repostería, de las máquinas que sirven para mezclar grandes cantidades de masa y que son generadoras de patrones rítmicos riquísimos, vivos y que se alteran con la velocidad y los distintos mecanismos. Quiero sacar un disco de este archivo en algún momento, es una fantasía. Partimos de estos patrones rítmicos manuales e industriales y también de sonidos que sampleamos (mi padre tirando una masa a la mesa, la puerta del congelador cerrándose, ruido de máquinas sin patrón…) para generar la paleta sonora del disco: metal y artesanía. Esa relación entre el inox y el plástico y las masas de pan y el papel de hornear, que lo llevamos al disco combinando el metal de la guitarra eléctrica, de los samplers de maquinaria, de utensilios de panadería como instrumentos de percusión, combinados con la madera de los rodillos de amasar, la guitarra clásica…
Dices que has querido hacer con la música lo mismo que tu familia ha hecho con el pan. ¿Qué tienen en común esos dos procesos?
Que invitan a lo común. La palabra compañero viene de «persona con la que compartes el pan». El pan es símbolo de comunidad, del compartir y es desde aquí que yo entiendo la música. Tienen algo también relacionado con lo esencial, la unión de dos elementos muy primarios (harina/agua) que sacian el hambre de golpe, que la música lo ofrece en su versión más primigenia con el canto de una abuela a su nieto, que le calma el llanto; las dos ofrecen cobijo, cuna, calman la sed. Y también requieren, en su proceso, la observación y el reposo, la no intervención. Además de que simbolizan la idea de la autoría compartida, de quién es el pan? de quién es la música? Eso lo aprendí gracias a Valeria Mata, que me enseñó un texto precioso de Alexandra Myrial: «El pan no es solamente obra del panadero que lo amasa, es también obra del molinero que ha molido el grano, de los que han batido ese grano, de los que lo han cortado, puesto en gavillas y guardado en la granja, de los que lo sembraron, labraron, etc. Todas estas actividades se encuentran reunidas en el más pequeño pedazo de pan. Se trata de una cadena sin fin, un círculo que engloba a toda la humanidad y que hace a cada uno indispensable para las necesidades de todos, sin que sea posible evaluar con exactitud la parte de cooperación aportada por cada individualidad.» La música no es otra cosa que la evolución de un trabajo colectivo de muchos años que va sumando capas de aportación creativa, pero que nunca es nueva del todo, ni falta que le hace.
El directo tiene un peso muy importante y, en él, compartes escenario con tu padre. ¿Cómo es vivir eso juntos, también delante del público?
Es lo más potente que he experimentado en escena. A parte de que es fuerte lo natural que le es ese lugar a mí padre, ver su presencia escénica abruma (mucha gente que no le conoce creen que es un actor jaja). Ha sido precioso poder ver cuál era el lugar de cada uno y estudiar cómo representar el papel del panadero a través de acciones que no sean solo amasar y hacer pan, sinó sostener un micro, preparar la escena para que todos estén servidos, limpiar la zona de trabajo, poner el cansancio de los cuerpos panaderos en escena, nombrarlo y honrarlo, celebrar la alegría y la plenitud que le da al panadero ser el proveedor del alimento que ha atravesado los tiempos, las culturas y las clases sociales. Como en la música, que el dar, regenera el cansancio. Una celebración en vida de un vínculo que contiene todos los matices.
Cuando llevas algo tan personal al escenario, ¿te cambia la forma de relacionarte con la música o con el público?
Deja de ser música solo, pasa a ser otra cosa más universal, más vital, más cotidiana tal vez (aunque parezca más impostada por todo el decorado escénico y el trabajo de guión), se parece mucho a la vida. Uno de mis aprendizajes con el camino del arte y la música es que realmente lo más personal es lo que más te permite conectar con el otro, porque conduce al otro a su propia historia; hablar desde lo personal no es ponerse en el centro, sinó quitarse. Y nada une más que quitarse a través de disponerse vulnerable, despojado. La respuesta de quién vive PA es realmente emocionante, es como si todos formaran parte activa de lo que está ocurriendo en escena
A lo largo de todo el proyecto aparece la idea de lo que recibimos y lo que decidimos transformar. Después de este proceso, ¿qué sientes que has heredado realmente y qué has decidido hacer tuyo?
He heredado el amor como medio para hacer cualquier cosa y la capacidad de disfrute y de celebración, también el sacrificio y el esfuerzo, el dar en abundancia, la importancia de no olvidar de dónde venimos, la mirada poética de la vida, la pasión por lo que se hace y el poner a disposición acciones que sean para el colectivo. De todo esto, que me lo llevo conmigo como un regalazo de la vida, solo deseo aprender a transformar la idea de sacrificio y esfuerzo, en tanto que no hace falta agotarse tanto para darse valor a uno mismo, permitirme el descanso sin necesitar el exceso y tomarme un poco más enserio la filosofia y los tiempos del pan.
Y por último, ¿Te ha reconciliado este disco con tu historia… o te ha hecho mirarla de otra manera?
Absolutamente, ya puedo decir que me siento muy feliz de no ser panadera, hay gente de mi edad cogiendo con mucha frescura y alegría ese relevo.

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Fotografías: Ernesto Artillo








