Pensar la creatividad: sobre el gusto

14 / 09 / 2026
POR Marisa Fatás

Ahora que la IA está ampliando el acceso a la producción cultural, el buen gusto se redefine como una “nueva habilidad fundamental” dentro de la economía creativa. Tradicionalmente vinculado al privilegio y la distinción social, hoy se reformula como una forma de imaginar nuevas respuestas a necesidades emergentes.

paperswallow, 2013

En la cultura de la abundancia, elegir entre referencias y darles una dirección propia adquiere un nuevo valor. En febrero de 2026, Greg Brockman, presidente de OpenAI, describió el gusto como «una nueva habilidad fundamental». En redes sociales hay quien habla de él como un «nuevo símbolo de estatus». Esa formulación entra en tensión con una historia del «buen gusto» construida alrededor de la distinción, la posición social y el acceso a ciertos códigos culturales. En esta nueva lectura el gusto no tiene que ver con tus apellidos heredados, tu dinero o tus conexiones sociales. Más bien consiste en utilizar el criterio para generar nuevas oportunidades y hacer que el trabajo creativo sea económicamente sostenible.

«Si no te dan un sitio en la mesa, trae una silla plegable» – Shirley Chisholm

La proyección creativa

La relación entre gusto y posición social tiene una historia compleja. En La distinción. Criterio y bases sociales del gusto (1979), el sociólogo Pierre Bourdieu analizó cómo el juicio estético está condicionado por la posición social y el acceso a la cultura. Al describir el gusto como «uno de los índices más seguros de la verdadera nobleza», señalaba su capacidad para convertir diferencias sociales en distinciones culturales. Sin embargo, a lo largo de la era contemporánea la idea del gusto ha ido evolucionando de la procedencia hacia la proyección, desde una condición ligada a la posición social hacia una construcción que permite manifestar y dar dirección creativa a los propios intereses.

Las subculturas son un ejemplo paradigmático de esta evolución. El Youthquake de los años sesenta convirtió las elecciones personales en identidad y agencia cultural a través de nuevas actitudes en la moda, la música y la cultura juvenil, mientras que el punk de los setenta llevó esta idea más lejos a través de la ropa, el diseño gráfico y la autoedición. Estos y otros movimientos urbanos contribuyeron, a finales del siglo XX, a democratizar la expresión estética y cultural.

La trama personal

El ideal meritocrático suele narrarse a través de historias excepcionales, desde la mitología del garaje de Steve Jobs y Apple hasta Chiara Ferragni, que convirtió un blog de moda desde su habitación en un negocio multimillonario. Sin embargo, conocemos también los límites del ascensor social. Más allá de los viajes épicos de emprendedores hechos a sí mismos, resulta interesante mirar hacia los recursos que tenemos a nuestro alcance y la trama que podemos construir con ellos.

Los libros, las películas, el trabajo, los viajes, las conversaciones y los intereses dan forma a nuestra manera de mirar. Esa constelación de experiencias y referencias empieza a adquirir una dirección creativa cuando se traduce en propuestas concretas. Un porfolio, por ejemplo, permite hacerla visible a través de un editorial, un ensayo, una publicación, una dirección de arte, un mock-up o una previsión de tendencias.

El hilo de la historia

Construir esa trama personal exige tirar del hilo entre un exceso de referencias, multiplicado ahora por la IA. Y ahí surge una paradoja. Algunas tecnológicas están destruyendo libros físicos para entrenar sus modelos. Anthropic, por ejemplo, compró millones de ejemplares, cortó sus lomos, escaneó sus páginas y recicló después los restos. La contradicción resulta evidente cuando el conocimiento pasa a formar parte de nuevos sistemas a costa de hacer desaparecer algunos de los objetos que lo han preservado y transmitido.

La historia de la literatura, el cine, la pintura, la arquitectura, el diseño, la moda, la filosofía o la ciencia reúne formas de pensar, representar y resolver problemas que siguen ofreciendo puntos de partida para el presente. Volver a esos referentes permite reconocer precedentes, reinterpretar lo heredado y leer señales antes de que se conviertan en tendencia.

Una red propia

Una presencia digital puede convertirse en una constelación de intereses sin exigir una visibilidad constante ni adaptar a los algoritmos y sus KPI. El trabajo autoiniciado permite concretar una dirección propia más allá de las titulaciones y los cargos, convirtiéndose en una muestra de criterio, iniciativa y capacidad creativa.

Shirley Chisholm, la primera mujer negra elegida para el Congreso de Estados Unidos, expresó una frase que se le atribuye: «Si no te dan un sitio en la mesa, trae una silla plegable». La imagen resume la posibilidad de abrirse un espacio dentro de estructuras que todavía no lo ofrecen.

La metáfora de la araña y su tela lleva esa idea más lejos. La estructura crece hilo a hilo, hasta adquirir la capacidad de sostener, conectar y extenderse. La práctica creativa puede desarrollarse del mismo modo, sumando encuentros hasta formar una red. Su valor surge de los problemas que aborda, las comunidades que ayuda a sostener y los comportamientos e imaginarios que pone en circulación.

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