Bienestar: derecho, tentación y privilegio

25 / 02 / 2026
POR Mirena Ossorno

¿Qué papel juega la industria wellness dentro del actual modelo socioeconómico?

La economista Beatrice Webb fue una de las principales impulsoras del estado de bienestar británico y directora del Minority Report (1909), el documento que contribuyó a transformar la pobreza en una cuestión política y estructural.

En Biografía del silencio. Breve ensayo sobre meditación (Galaxia Gutenberg, 2012), Pablo d’Ors habla del bienestar como de un ídolo, un enemigo a batir, en el sentido de que todo lo sano es incómodo, y sin incomodidad o malestar, no hay aprendizaje. Esta reflexión llama especialmente la atención en un momento en el que la industria del bienestar se ha convertido en una de las más potentes del mundo —según datos ofrecidos por la Global Wellness Institute (GWI)—, mientras que al estado de bienestar parecen estar pesándole cada vez más sus principios fundamentales (universalidad, equidad, gratuidad, etc.).

Pero la tentación de la que nos advierte d’Ors no tiene que ver con los derechos básicos de la ciudadanía (sanidad pública, educación, pensiones, protección social), sino con la tendencia que tenemos a quedarnos dormidos en los laureles. Porque, si bien es importante cubrir nuestras necesidades primarias, este logro no es un fin en sí mismo, sino un punto de inflexión: una oportunidad para dar un salto evolutivo. En ese sentido, el bienestar no es tanto causa como consecuencia de nuestro desarrollo. Eso es, al menos, lo que nos enseña la historia de este modelo socioeconómico.

Lo que hoy llamamos estado de bienestar —o Welfare State en inglés— es el acuerdo histórico mediante el cual las sociedades industriales trasladaron al Estado la responsabilidad de proteger a la población frente a los riesgos fundamentales de la vida, y se consolidó tras la Segunda Guerra Mundial (1945). No obstante, tanto a nivel conceptual como práctico, podemos encontrar antecedentes en las políticas sociales que Otto von Bismarck introdujo en Alemania entre 1883 y 1889; en la socialdemocracia nórdica de los años treinta, inspirada por la obra de Alva y Gunnar Myrdal; el New Deal norteamericano (1933–1939) con Franklin D. Roosevel al frente; o en el Beveridge Report (1942) en Gran Bretaña, obra del economista liberal William Beveridge.

La diplomática sueca Alva Myrdal fue una de las arquitectas intelectuales del estado de bienestar moderno, al concebir el bienestar como una responsabilidad colectiva articulada a través de políticas públicas.

Aunque existen variaciones según la época y el lugar (modelo nórdico, continental, anglosajón, mediterráneo), es importante recalcar que desde el inicio fue un pacto entre posiciones políticas y culturales diferentes, el cual empezó a fraguarse en el siglo XIX como una forma de remediar los límites, contradicciones y fallos estructurales del laissez-faire, la doctrina económica dominante durante la Revolución Industrial, que relegaba la protección social de los ciudadanos a la caridad, la familia o la Iglesia. Por ello, es un error entender el estado del bienestar como una conquista exclusiva de la izquierda, pues en su desarrollo también participaron liberales y conservadores.

En cuanto a sus beneficios, el más evidente quizá sea la aparición de la llamada clase media durante la segunda mitad del siglo XX, la cual ha servido como motor de estabilidad económica y social, impulsando el consumo, la demanda de servicios, la inversión en educación y la cohesión social. Además, ha sido un pilar fundamental para el sostenimiento de las democracias al buscar un entorno estable y no revolucionario, actuando como un amortiguador entre ricos y pobres. A este período de crecimiento económico sin precedentes se le ha llamado la Edad de Oro del capitalismo, también conocida como los «Treinta Gloriosos».

Ahora bien, ¿cómo mantener los derechos ganados sin convertirlos en un privilegio? Tras más de dos décadas de bonanza material, la economía se resintió debido a la crisis del petróleo de 1973, provocada por el embargo petrolero de los países árabes miembros de la OPEP contra las naciones que apoyaron a Israel en la Guerra del Yom Kippur. Posteriormente llegarían las políticas de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Estas rompieron el consenso keynesiano —según el cual el mercado no se equilibra por sí solo, sino que el Estado debe intervenir activamente para estabilizar los ciclos económicos y evitar el desempleo—, sustituyendo derechos universales por responsabilidad individual y convirtiendo el bienestar en una cuestión de mercado y conducta personal.

Jane Fonda fue clave en la popularización del fitness doméstico en los años ochenta, anticipando una nueva concepción de la salud como responsabilidad individual y marcando un punto de inflexión en la cultura del bienestar.

Paradójicamente, dentro de ese contexto de abundancia y prosperidad previo al embargo árabe de crudo, surgieron la contracultura y el movimiento wellness, anticipando una respuesta a las carencias que estaba dejando en evidencia el estado de bienestar. Fue entonces cuando muchos jóvenes de las clases privilegiadas de la llamada generación del baby boom se dieron cuenta de que no vivían bien, a pesar de contar con todas las condiciones materiales necesarias para hacerlo. Esto demuestra que el confort, la riqueza o la comodidad convienen, pero no son un antídoto: no dan sentido a nuestra vida ni llenan el vacío existencial.

Esa búsqueda de autorrealización —como la definió el psicólogo estadounidense Abraham Maslow, uno de los fundadores de la psicología humanista— derivó, en muchos casos, en un egocentrismo exacerbado, como señaló Tom Wolfe en The “Me” Decade (La década del yo), el famoso ensayo que publicó en 1973 en la revista New York. Aun así, en el plano social, el hecho de que tantos jóvenes tuviesen acceso simultáneo a seguridad económica y capital cultural no solo favoreció una expansión del nivel de conciencia individual, sino también del colectivo, despertando el interés por la ecología, haciendo posible el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos y dando paso al feminismo de segunda ola.

A pesar de estos avances, con el tiempo, el espíritu pluralista e inclusivo que caracterizó aquella época terminó proyectando una sombra de tintes narcisistas que ha acabado desembocando en una guerra cultural entre distintas cosmovisiones. Esta versión patológica es lo que Ken Wilber llama «Mean Green Meme»: una forma de igualitarismo moralizante que, en nombre de la inclusión, el relativismo y la sensibilidad, acaba rechazando la verdad, la jerarquía, la excelencia y la complejidad. Aunque se presente como compasiva, esta corriente se vuelve agresiva, censora y dogmática, tal como la describe el pensador norteamericano en su novela Boomeritis (2002).

A través de Goop, la actriz y empresaria Gwyneth Paltrow encarna el auge del wellness como estilo de vida aspiracional, donde el cuidado personal se entrelaza con el consumo y la identidad.

Hoy, es ampliamente reconocido que el estado de bienestar enfrenta una crisis no solo coyuntural, sino estructural y multifacética, debido a desafíos como el envejecimiento poblacional, la sostenibilidad fiscal o el aumento de la desigualdad, entre otros factores. Por su parte, el wellness se ha vuelto tremendamente superficial, otro producto más de consumo masivo, perdiendo gran parte de su esencia transformadora. Ambos han fallado en lo mismo: han tratado los síntomas ignorando la causa principal y han fomentado una falsa dicotomía entre lo individual y lo colectivo. La solución, por lo tanto, no va a ser ni más intervención ni más autocuidado, sino integrar y trascender las distintas formas en las que hemos intentado aliviar nuestro malestar.

Este artículo forma parte de una reflexión más amplia sobre bienestar y cultura mental, que continúa en Como la flor, un proyecto editorial de Mirena Ossorno.

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