«La verdadera belleza permanece, es imperecedera porque todo lo emotivo perdura en nosotros de algún modo, porque nace vinculado a un descubrimiento que hemos hecho sobre nosotros o sobre el mundo.»

Una suerte profundizar con la filósofa Margot Rot (Gijón, 1996) sobre cuestiones tan vitales como la belleza y el tiempo, y en cómo ambos se sostienen mutuamente. En este apocalipsis lento, que avanza mermando nuestras capacidades, entre ellas la de ver y la de procesar nuestras emociones a la espera siempre de algo mejor, Margot propone la contemplación como salvación y la reducción de la jornada laboral como urgencia. Cada párrafo suyo es un regalo, un lugar en el que posarse. Su espacio es una extensión de sí misma: la de una niña que ya escribía en verso los problemas del colegio y que hoy, a través de su forma de vida, transmite a base de meticulosidad y detalles, herramientas para enfrentarse al sistema de una manera tácita y cargada de belleza.
Tu casa es un viaje, si no a otra época, a otro contexto. Quizás porque era un día nublado, de repente me pensé en Gijón, en la continua lluvia cerca de un puerto de mar, pero estábamos en el corazón de Madrid. ¿Te han sugerido esto alguna vez? Que cuentas con la capacidad de impregnar lo que te rodea.
Qué bonito que te haya sucedido eso…. qué bien traer Gijón a mi casa de Madrid. Me han sugerido en muchas ocasiones que tengo presencia, sí. Es algo que me deja un poco perpleja. No soy consciente, pero entiendo que debe de ser así porque la gente, desde siempre, se me acerca, me habla, me escucha y, a veces, me dice cosas rarísimas como que parezco sacada de una película de Tim Burton, o que tengo un aire francés o que qué opino de alguna cuestión hiper trascendental como la muerte, la izquierda, o Elon Musk.
La verdad es que soy una persona torpe y tímida. Introvertida, vamos. Me agota muchísimo estar en entornos sociales que no son de mi más estricta confianza. Paso vergüenza y nervios. Siempre me dicen que nada de esto se me nota, y creo que es porque tengo una fuerte determinación existencial (tengo miedo, pero me arrojo) y porque estoy excelentemente educada: me desenvuelvo bien conversando porque las personas son lo que más me interesa por encima de todas las cosas en este mundo (incluso por encima de mi inseguridad existencial) y, además, no saludo a personas con las que tengo un conflicto manifesto, es decir, no hago paripés.
Que soy muy del norte, vamos.

Sobre la belleza y el derecho a disfrutar de las cosas bonitas. Partiendo de tu propia experiencia, ¿cómo se refuerza eso en un contexto de usar y tirar? ¿Por qué lo consideras una cuestión vital?
La belleza direcciona mi vida, junto con la curiosidad. La belleza debería estar disponible para todo el mundo: todo el mundo debería de poder cultivar la capacidad de reconocerla y todo el mundo debería de poder educar la sensibilidad necesaria para disfrutarla. La belleza es de vital importancia, debería de ser un derecho fundamental.
Quien piense que esto es una tontería es que jamás se ha dejado embriagar por la parálisis infinitesimal y profundamente satisfactoria en la que nos sume un árbol mecido por el viento visto desde la ventana de un cuarto al despertarse o jamás se ha dejado conmover por un grupillo de colegiales fumando torpemente en la puerta de un instituto o por un campo llano español que se despliega infinito para la vista visto desde una gasolinera después de pasarse dos días limpiando barro junto a unos desconocidos o por un conjunto de palabras más o menos literales dichas con la intención de confesarse y ocultarse a la vez o por la cara desvaída de un mejor amigo un sábado a las nueve de la mañana porque también hay belleza en toda esa gente a la que no conoces y en la que confías solo porque también están profundamente perdidos bailando a tu alrededor. La belleza es un descubrimiento, y la vida es un misterio. Por eso pienso que la belleza es imperativa, fundamental: un derecho y un deber humano.
Es un error, una ceguera necia e imperdonable, no reivindicarla. De hecho, el capitalismo es consciente de su importancia. Tanto, que millones de seres humanos dependen de objetos presuntamente bellos: una taza, una pinza de pelo con forma de flor, una botella de agua específica para el coche, un vestido lencero irregular con encaje. El capitalismo ha convertido funciones orgánicas básicas —beber agua, por ejemplo— en mercancía carente de emotividad. Ha transformado actos vitales —ser una chica, por ejemplo— en objetos vacíos de emoción. Las emociones existen porque las cosas nos impresionan, porque el mundo impacta en nosotros y los objetos median en esa relación. Pero en el capitalismo apenas hay tiempo para la vida, y entonces nos venden objetos que la suplen, que la imitan, que pretenden precipitarla. La belleza es lo que encontramos cuando vivimos, es ese descubrimiento que hacemos mientras vivimos y por eso es importante cuidar de ella y de todo lo necesario para su aparición.
Esta forma de entender la belleza dinamita la dinámica de consumo irreflexiva y cadavérica en la que nos encontramos. El consumo de objetos atraviesa nuestras vidas y es el corazón del sistema; las cosas significan nuestra identidad tanto como las personas que elegimos para vivir. Por eso la belleza, los objetos, nuestra forma de relacionarnos con las cosas, es tan importante. Si tuviésemos el tiempo que el capitalismo nos arrebata, ya nos habríamos rebelado contra la presunta belleza escindida de la vida del capitalismo. La verdadera belleza permanece, es imperecedera porque todo lo emotivo perdura en nosotros de algún modo porque nace vinculado a un descubrimiento que hemos hecho sobre nosotros o sobre el mundo.
La belleza es un descubrimiento, una revelación. Es compleja porque es infinita en su dimensión. Es vital porque es biográfica. La belleza está en lo vivo, y lo vivo son matices.
Tenemos el derecho y el deber de cultivar y cuidar de los matices.

El tiempo no es nuestro, pertenece a las máquinas y va a su velocidad, esa velocidad que tiene que ver con las conexiones entre sus circuitos. Es difícil mantenerse actualizadas, pues se requiere tiempo para ello ¿y de qué tiempo disponemos? El tiempo es una idea que nos posee y se nos escapa. Escribir requiere de tiempo, contemplar, armonizar el espacio… ¿Cómo te manejas con ello? ¿Cuál es tu relación con el concepto actual de tiempo?
He calculado mi tiempo libre diario (de lunes a jueves) y dispongo exactamente de 5 horas y 45 minutos para mí. Los viernes tengo más tiempo porque salgo a las 14:00 del trabajo, dispongo de 7 horas y 45 minutos. Tiempo libre significa que no estoy trabajando ni durmiendo. De esas 5 horas y 45 minutos, dedico 1 hora y 30 minutos a la lectura durante el trayecto de ida y vuelta al trabajo. ¿Tiempo? Me paso prácticamente todo el día trabajando.
Yo, particularmente, me manejo bien con esto porque tengo mucho conatus, me gusta mi trabajo, soy feliz y, por ende, llevo una vida bastante ordenada. Esto es absolutamente excepcional, y un tanto maníaco por mi parte —eso de ser feliz en medio de un mundo que se desmorona— y, además, haga lo que se haga con cuatro horas al día, es una cantidad de tiempo miserable. Somos pobres, pobrísimos, en lo único que importa. Hay que reducir la jornada laboral cuanto antes. Es imperativo.
Dicho todo esto, el tiempo no solo debe medirse en función de las actividades que podemos realizar con él. Hay algo mucho más importante: la cantidad de tiempo de la que disponemos determina nuestra felicidad y nuestra tristeza. Si me da tiempo a vivir —a hacer la compra, poner la lavadora, recoger a mi hijo del colegio, dar un paseo, tomar un café con una amiga— seré feliz. Nuestro ánimo determina la disposición que tenemos hacia la vulnerabilidad. Hoy en día, este es el eslabón más importante de la política partidista, o debería de serlo. Me explico: carecer de tiempo también significa ser más terco, más necio, más rígido. Cuando no hay tiempo para pensar, no hay disposición emotiva para escudriñar; no se está dispuesto a ser afectado. Cuando no hay ánimo ni tiempo para ser vulnerable, uno se convierte en alguien temeroso, inflexible, conservador.
El dolor, el sufrimiento, el conflicto, la duda… son cuestiones fundamentales para la sensibilidad, la bondad y la inteligencia. Necesitamos tiempo para poder pensar el mundo en el que vivimos y apenas tenemos tiempo para cambiarnos de ropa después del trabajo, ver una película en el cine, cenar algo sano y acostarnos a una hora prudente. El trabajo lo ocupa todo, no metafísicamente (que también), sino literalmente.
En el ensayo desarrollo estas ideas porque me parece importante poner de manifiesto que estar informado, disponer de datos con los que organizar las ideas, no solo requiere tiempo: también exige cierta disposición a aceptar que las cosas puedan cambiar en contra de nuestros principios. Hoy en día hay que ser muy, muy valiente para permanecer al tanto de lo que sucede; hay que estar dispuesto a involucrarse aun cuando la actualidad fulmina nuestras ideas, nuestras creencias, nuestros deseos de futuro, nuestra esperanza. Para saber también hay que ser fuerte.
Y, en definitiva, para estar informado, para ser inteligente y para ser sensible, hay que estar dispuesto a estar equivocado. Y estar equivocado es aterrador: tiene consecuencias tremendas en nuestras vidas, nos obliga a mutar permanentemente, a afianzar algunas ideas y a desprendernos de otras. A hacer cambios en nuestras rutinas, a dejar de querer a personas, a dejar de desear o comenzar a desear formas de vida diferentes. Pensar es estar dispuesto a cambiar de opinión.
Hay que reducir la jornada laboral cuanto antes. Es imperativo.

En 2023 publicaste Infoxicación, ¿cómo consideras que ha evolucionado tu trabajo desde que publicaste el libro? ¿Qué te gustaría añadir o descartar a lo próximo, o a lo presente?
Mi obsesión con internet como espacio sobre el que pensar filosóficamente —en lo relativo a su tiempo, a su espacio, a cómo se desarrolla en él nuestra subjetividad— comenzó en la carrera. Tendría unos veinte años. Acabo de cumplir treinta y ya no me obsesiona (porque he quedado satisfecha en mi ejercicio) ni entender ni explicar internet como espacio político, como espacio vital que determina la existencia de sus individuos y que acrecienta una serie de cuestiones profundamente problemáticas vinculadas al sistema ideológico en el que emerge esta tecnología: en mi primer trabajo me centro en la indiferencia.
La idea es sencilla y, como todas las grandes ideas, flota en el ambiente de una época: el colapso informativo da lugar a la indiferencia. La ignorancia dice «no lo sé» (consideramos la ignorancia —la privación de conocimiento— una injusticia, un atentado contra lo humano), mientras que la indiferencia dice «no me importa». En el futuro, el tratamiento que le damos hoy a la información será ilegal y, aún más importante, estará mal.
Es injusto que nos agoten y nos exploten informativamente; es injusto que nos confundan con relatos descabellados y noticias falsas; es injusto que el conocimiento —que disciplinas de tanto prestigio como el periodismo— esté depauperado por el mercado, por el dinero y, en último término, por el fascismo, que no es otra cosa que el ansia de unos pocos por controlar el relato para… ¿para tener una isla?, ¿dos islas?, ¿cinco casas, un yate?, ¿un Maserati? ¿vivir 20 años más? ¿no envejecer? ¿no engordar? ¿Qué tipo de mundo necesita el millonario para seguir siéndolo? ¿un mundo que va en contra de la vida?
Nos domina gente cuyo gusto está atrofiado. Han olvidado lo que es la belleza —si es que alguna vez lo han sabido—. Insisto, la belleza no puede comprarse.
Estoy pensando, leyendo y viviendo para, algún día, de forma privada y, con suerte, de nuevo de forma pública, entender por qué no deseamos la revolución. Mi principal obsesión —quizá la última, porque ahora me parece que no hay nada más, que nunca habrá nada más importante ni más urgente— radica en comprender cómo opera el secuestro del deseo en el engranaje mercado-política-virtualidad.
Me interesan los objetos, los significados que portan y que adquirimos de forma temporal. ¿Por qué comprar algo que dice quién soy en vez de ser lo que soy? ¿Y… qué soy? En el capitalismo, los objetos, el sistema de consumo, la posibilidad de adquirir determinadas cosas (un iPhone, por ejemplo) generan una especie de velo de olvido sobre las condiciones materiales: el sueldo, el tiempo, la casa que no se tiene, el futuro sobre el que no se puede pensar.
Soy consciente de que vivo un momento de transformación geopolítica sin parangón; no sé si viviré para ver cuáles serán las resoluciones de todos estos movimientos tectónicos sobre el territorio, pero sé que algo está cambiando. Quiero permanecer atenta a lo que sucede en el mundo. Soy filósofa; en realidad, no tengo elección. Tengo suerte porque vivir me causa un interés intenso.
He tenido la oportunidad de poner en valor la virtualidad como espacio de existencia, como espacio de vital importancia para la cultura, la política y nuestra sentimentalidad, y ahora tengo la obligación de narrarlo, entenderlo y criticarlo en pos de salvaguardarlo como lo que es: otra parcela de nuestra vida llena de posibilidades cercenadas por el capitalismo.

Con Infoxicación respondías a la visión negativa, a este tono ludista que impregna el presente. Nos defines como cyborgs, y señalas las nuevas capacidades de las que nos ha dotado la tecnología. ¿Consideras que esa negatividad está más vinculada al cansancio y a la incapacidad de escuchar al presente?
Creo que esa negatividad responde al miedo. Y entiendo que haya personas que teman, porque en los grandes momentos de la historia en los que la tecnología lo ha cambiado todo siempre ha habido resistencias, siempre ha habido miedo. Yo no me considero alguien tan importante como para caer en lo falaz de la abstracción «a favor del desarrollo tecnológico o en contra». Tiene cosas positivas y cosas negativas, como todo en la viña del Señor. Hay desarrollo tecnológico para construir paneles solares, turbinas eólicas avanzadas y baterías de alta capacidad que reducen la dependencia de los combustibles fósiles (esto es imposible sin una concepción respetuosa y realista de los recursos del planeta). Y hay tecnología para ejercer un control del deseo: nos dirige a consumir y entretenernos, desviando nuestra atención de lo que realmente importa (permitir la vida buena para todos) y evitando que cuestionemos el sistema (basado en permitir la vida buena solo para unos pocos).
La cultura, la tecnología en la que se sostiene y desarrolla, no funciona sola: necesita ideas que la sostengan. No puedes tener a toda la población viendo La isla de las tentaciones si, previamente, no agotas y retuerces y anulas su alma en el engranaje de un sistema de trabajo esclavista (uniformes, fichajes, 24 días de vacaciones de 365, sueldos míseros, jornadas de sol a sol). Hay dos formas de entender la tecnología: una es respetuosa con la vida de los sujetos, del planeta y de los animales; y después hay gente que quiere un Maserati.
Dicho todo esto: puedes pensar que todo está mal, que todo es horrible y que la gente es mala o estúpida. O puedes intentar entender. Yo he decidido que tengo el deber de entender, porque creo que es la única forma de arriesgarse a pensar en cómo hacer las cosas mejor. Tengo el deber y el placer de pensar en lo mejor para mi generación, para mi sociedad, no porque yo sea especial, sino porque he tenido el privilegio de pasar consciente por este mundo y he decidido hacer algo de provecho con ello.
¿Cómo vas a entender el presente si no lo amas?
De los objetos que tienes en tu casa, ¿cuáles salvarías de un incendio? Tus fetiches.
Tengo una fotografía enmarcada de Paul Auster y Siri Hustvedt en su despacho, sobre la mesita al lado de mi cama. Es lo que intentaría llevarme, pero creo que si mi casa se incendiara cogería el teléfono móvil, porque en realidad I’m a Cyborg, But That’s OK.
¿Un proyecto que te quite el sueño? O no sacrificas nunca el sueño…
Desear la revolución.

Texto y fotos: Rocío Madrid
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