A propósito de su ópera prima documental, presentada en el festival Docs Barcelona 2026, la directora y guionista explica el proceso de selección de las mujeres, actrices y no actrices, que interpretan testimonios de abortos de hace más de 60 años hasta hoy en día.
No ha sido un camino fácil para la cineasta Marta Durán Lozano llegar a rodar un documental como Las culpables. Se necesita valentía y un claro propósito de terminar con ese silencio social que acompaña al aborto, y más concretamente al juvenil. Con su ópera prima, presentada recientemente en el marco del Festival Docs de Barcelona, la directora y guionista entremezcla las experiencias ajenas con las propias, en un canto coral sobre el trauma, la tensión social y la familiar.
Desde el estudio cinematográfico donde recrea algunos de los testimonios anónimos de jóvenes abortantes, donde el escenario cambia según las necesidades del relato en un tira y afloja entre realidad y representación, Durán Lozano se alza en defensa de los derechos humanos, y convierte lo individual en una vivencia colectiva, como ella misma define con sus palabras. Hablamos con ella, y con la productora Montse Pujol Solà, sobre el tabú, la resiliencia y la farragosa burocracia por la que han de pasar las personas que desean poner fin a su embarazo.

¿Cómo fue el proceso de selección de las chicas? ¿Tenían experiencia previa en interpretación?
Marta Durán Lozano: Lo primero fueron los testimonios. Durante el Covid, que era cuando yo empezaba el proyecto, no podíamos salir a hacer entrevistas. Coloqué un anuncio en redes sociales para que las mujeres que quisieran compartieran su historia de aborto adolescente. Recibimos más de 100 historias y la mayoría de ellas eran anónimas. Como no teníamos rostros, teníamos que buscar la forma de convertirlos en película. Necesitábamos estas chicas que pudiesen empatizar con todas estas historias y que pudieran ponerles voz y cara.
El proceso del casting fue curioso porque queríamos un poco de todo: chicas que hubiesen pasado por aborto, chicas que no lo hubiesen pasado, actrices y no actrices. Entre ellas es un mix y no aclaramos cuál es cuál, porque creemos que lo importante no es señalar “esta historia es tuya o mía”, sino representarlas como una historia colectiva.
Algunas de ellas rompen la cuarta pared para reordenar las secuencias a su modo de entender sus papeles. ¿Planteaste el proyecto desde el comienzo como un proceso de creación conjunta?
M.D.L. Queríamos hablar de la diversidad y, a la vez, de las cosas que se repiten en todos estos testimonios. Hay algunos que han pasado con una diferencia de 30 años, pero hay cosas que son muy parecidas a los de hoy en día. De un aborto clandestino y de un aborto hace unos años que ya es legal y accesible, pensarías que son experiencias muy diferentes, pero lo curioso era que tenían muchas cosas en común.
Montse Pujol Solà: Todo el proceso creativo ha sido muy colaborativo con las chicas. Tuvimos muchos encuentros antes de empezar el rodaje y ellas hablaban de sus experiencias generales en la vida, y juntamente con los testimonios, escogían aquellos que les hablaban más y que podían empatizar más, o por distancia, con los que empatizaban menos y cómo podían jugar eso en pantalla.

Las figurantes se sorprenden por muchos relatos que leen. ¿Qué te sorprendió a ti, Marta, durante la producción?
Sobre todo descubrí que mi experiencia no es nada original, que es algo que te quita un peso de encima. Era una cosa que yo había llevado en secreto durante muchísimo tiempo, como si fuese algo muy excepcional. Creo que lo digo en la película: sentía como que en mi pueblo y en mi comarca no había nadie más que hubiese abortado cuando era adolescente. Y leyendo todo esto me sentí absolutamente ordinaria, en el mejor sentido de la palabra.
Por eso, el quid de la cuestión está en romper tabús, en sentirnos identificadas con las historias que explica el resto y poder hablar directamente con alguien que ha pasado por lo mismo. Antes de hacer la película no había hablado con ninguna mujer que hubiese abortado. O al menos no sabía que había abortado. Ella no lo contaba, yo no lo contaba, y entonces no existía este espacio para compartirlo. Es a través de esta película donde obtuve una terapia de grupo, por decirlo de una manera.
¿Hay una parte de ti que haya sanado tras la película?
M.D.L. Cien por cien. Yo creo que el proceso creativo de la película y el proceso de curas son absolutamente paralelos en este sentido. También por las conversaciones que tengo en la película con la gente de mi alrededor, con mi expareja, con mi familia… Son conversaciones que realmente no habíamos tenido nunca, y este espacio raro para tenerlo es donde las he tenido y donde he podido sanar esta parte. También creo que el anonimato, o el secreto, lo que hace es ponerle el poder a las otras personas. Si tú escondes alguna cosa, ellos tienen algo con lo que poder juzgarte. Cuando reconoces lo que te ha pasado, recuperas ese poder.
M.P.S. Citando a Nora Ephron [ríe]: “Si los otros se ríen de mí, ellos tienen el poder, si yo me río de mí misma, yo tengo el poder”.

¿Sientes que existen cambios entre el relato de las chicas de hoy en día, y la época en la que experimentaste el aborto?
M.D.L. Es curioso, porque me gustaría que hubiese habido más cambios. Cuando yo aborté, hacía cuatro años que el aborto era legal en España. Era súper reciente. Esperaba que en los relatos más actuales hubiese una diferencia o lo llevasen de otra manera. Pero creo que depende más de cómo lo llevan ellas con sus familias, o cómo pasaron la experiencia en el centro médico o en el hospital que las atendió, que no tanto por ser más actual o menos.
Yo me veía identificada con cosas diferentes. Quizá me veía identificada con el miedo de una a que lo supiesen en el instituto, con la relación de otra con su pareja… Les repetimos mil y una veces que solo iban a contar lo que ellas estuviesen cómodas. Al final les enseñamos la versión de montaje, para que volviesen a hacer el check y asegurarnos siempre de que estaban cómodas con lo que habían explicado. Al refugiarse en este anonimato y actuar historias que no son suyas, creo que también las hacía sentir más libres de poder decir su opinión o para poder contar su historia.
Algo que particularmente llama la atención en el documental es ese plazo obligatorio de los centros médicos, para pensar si de verdad quieres abortar. ¿Crees que se trataba de una medida necesaria?
M.D.L. Ahora ya no existen estas 72 horas de reflexión, que era el único procedimiento médico irreversible que tenía este periodo. Era un proceso disuasorio porque si te tenías que desplazar a un centro médico, volver a tu casa a reflexionar 72 horas laborables, o volver a un centro médico, a lo mejor no podías escaparte de tus obligaciones en dos ocasiones, o en esas 72 horas pasaba el tiempo legal dentro del cual está permitido abortar. Podían pasar muchas cosas.
Por suerte, esto ya no existe, pero sí que es verdad que siguen habiendo muchísimos problemas de accesibilidad. Ya sea por territorio, es decir, zonas donde no se ha hecho un aborto desde que es legal, y tienes que desplazarte a otro hospital; o por el mismo calendario del centro al que vas, que te tienen que dar hora con la acompañante o con la ginecóloga. Al final son procesos que se alargan mucho y tú estás en un momento donde lo que te gustaría es que pudiese ser lo más ágil posible.
M.P.S. Incluso cuando vas al centro, tienes que decir que quieres abortar para que te den hora urgente, porque si no, te pueden dar hora al cabo de mucho tiempo.
M.D.L. Es como un proceso burocrático que realmente aún dificulta y hace que la experiencia sea más difícil y más incómoda. Estás en el mismo ambulatorio donde va una mujer a hacerse su revisión de embarazo, o lo que sea, y eso significa que igual la ginecóloga te puede dar hora al cabo de cuatro días. Y hasta que no hablas con la ginecóloga, no puede empezar todo el proceso.
M.P.S. Se tiene que poner en valor que ahora mismo estamos en un proceso de incluir el aborto en la Constitución, que se bloquee ese derecho fundamental, así que algún cambio sí hay.
Marta, estuviste trabajando en la serie Autodefensa (Berta Prieto, Belén Barenys, 2022), donde las protagonistas también buscan controlar el relato sobre ellas mismas de alguna manera. ¿En qué punto de tu proyecto propio estabas, y cómo pudo inspirarte el hecho de trabajar en la serie?
M.D. Creo que hay algo de Autodefensa, de esta cosa de “te lo digo y es como es, y si no te gusta pues te lo comes con patatas”, que ojalá poder yo pudiese encarnar. Recuerdo mucho, por ejemplo, cuando salió el tráiler y empezó la opinión pública alrededor de la serie, y habíamos pasado de estar seis personas rodando, a de repente que sea un producto que lo pueda consumir todo el mundo. Este paso sí que me influenció muchísimo a cómo ahora entiendo lo que es estrenar una película, aceptar las críticas, las buenas y las malas, pero sobre todo esta cosa que tienen Berta y Belén de “es lo que es”: Si te gusta bien y si no, pues…
Estás elaborando tu primera película de ficción. ¿Tendrá vasos comunicantes con Las culpables?
M.D. El vaso comunicante yo creo que es la rabia que no cabía en Las culpables. De repente está metida en esta peli, que es una ficción que pasa en el año 41, en el Montseny, o sea, de posguerra. Es una película con unos toques de horror. En Las culpables el sentimiento que quería volcar era la empatía, pero creo que quedó algo de rabia, de preguntarme por qué sigue pasando esto, que no cabía en Las culpables, y que creo que se está haciendo un poco más su hueco aquí.

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