Cinco poemas de Emilia Pardo Bazán

12 / 05 / 2021
POR Nerea Sánchez

Celebramos el centenario de la muerte de la escritora gallega con una selección de poemas recogidos en ‘Las frases frágiles’ (La Bella Varsovia).  

Emilia Pardo Bazán falleció tal día como hoy en el Madrid de hace 100 años. Allí se trasladó desde La Coruña, su ciudad natal, para crecer como periodista cultural, crítica e historiadora de la literatura, dramaturga, traductora de autores como Tolstoi o Dostoievski y, finalmente, convertirse en uno de los máximos exponentes de la novela naturalista española. Entre sus títulos más destacados, se incluyen ‘La madre naturaleza’, ‘Los pazos de Ulloa’ o ‘Insolación’. Fue, además, primera socia del Ateneo de Madrid y primera catedrática de la universidad española.

De familia burguesa y con un perfil nada maniqueo, que abarca desde el carlismo hasta el feminismo pasando por el catolicismo, contribuyó también a la expansión por España de nuevas ideas políticas relacionadas con la liberación de la mujer. Lo hizo a través de una editorial, ‘La Biblioteca de la Mujer’, y como traductora y prologuista de ‘La esclavitud femenina’, de John Stuart Mill y Harriet Taylor Mill.

A pesar de haber sido traducida en vida hasta al japonés, pocos saben que comenzó su carrera literaria en la poesía. Lo hizo a través de un poema narrativo de estilo romántico, ‘El castillo de la fada’ (1866). Años más tarde, publicó un poemario, ‘Jaime’ (1881), en el que reflexionaba sobre la maternidad. Su obra poética apareció en revistas y publicaciones colectivas. Sin embargo, fue ella misma quien acabó afirmando, sin miedo a equivocarse, que sus poemas eran “los más malos del mundo”. Retiró los poemas de sus obras completas y el silencio reinó sobre su producción poética.

Para acabar con este silencio y para demostrar que Pardo Bazán se equivocaba al juzgar la calidad de su poesía, el pasado marzo la editorial La Bella Varsovia, de la mano de Elena Medel, publicó ‘Las frases frágiles’. El título hace referencia a uno de los versos de la escritora gallega: “las frases frágiles que grabé un día”. Sus poemas son instantes atrapados al tiempo, rescatados e inmortalizados para cuando la memoria fallase. Tiempo, realidad, vida, paisaje, ciencia y escritura son algunos de los temas que definen la obra poética de Pardo Bazán. Aquí va la selección de #VEINDIGITAL de los mejores poemas de la autora:

 

LA AURORA

 

Dos cosas hay en el suelo,

una pura, otra florida,

y son la aurora del cielo

y la aurora de la vida.

Una salpica las flores

de rocío abrillantado,

otra con dulces amores

llena el pecho entusiasmado,

y en ambas con armonía

se reúnen al instante

color, belleza, alegría,

luz deliciosa y radiante;

como visión vagarosa

duran tan solo un momento

la luz de color de rosa

y la edad del sentimiento;

que hay dos cosas en el suelo,

una pura, otra florida,

y son la aurora del cielo

y la aurora de la vida.

 

ODA

¡Ficción, brillante Diosa! Rasga el velo

que al poeta prestaste,

y aléjate callada.

Ya que a la sacra voz del patrio suelo

vibra el arpa olvidada,

despiértela del sueño en que yaciera,

único numen, la Verdad severa.

¡Oh, Verdad! ¡Ansia eterna, paraíso

prometido al mortal! Tus resplandores

la frente iluminaron del que quiso

sendas al pensamiento abrir mejores:

del que armado de crítico escalpelo

con firme pulso disecó la vana

retórica que en aulas se aprendía,

y —de nombre no más— filosofía

era disfraz a la ignorancia humana.

¡Palabras solamente! A tal confuso

montón de frases arrojado al viento

llamaban el sofista y el iluso

sublime concepción del pensamiento:

en árida, capciosa sutileza

el ingenio español, extraviado,

se agotaba y estéril revolvía

girando sin cesar sobre sí mismo:

y de la luz del día

como el ave nocturna horrorizado,

sellaba la razón con el candado

del viejo dogmatismo.

***

Velo Feijóo. Con generoso alarde

dice «atrás» al error, «marcha» a la idea,

«libre vuela» al espíritu cobarde,

y a la tímida ciencia «avanza y crea».

Y radiante la faz, y el alma henchida

de entusiasmo y de unción, tiende la mano

señalando la gran Naturaleza.

«Dad», les grita, «al olvido

tanto sofisma vano:

campo es el Universo, a la mirada

de los contempladores siempre abierto,

cuya magia y belleza

nos revela un Artista soberano:

su atenta observación es rumbo cierto;

la hipótesis es nada».

***

Y a su voz, como cría de altanera

águila, en breve jaula detenida,

si los hierros quebraron

de su estrecha prisión, rauda y ligera

se lanza a los espacios y a la vida,

así, sedientas de tender su vuelo,

las ciencias se elevaron

con un grito de júbilo hasta el cielo.

Sin trabas ni recelo

la física estudió los naturales

fenómenos, a leyes reducidos,

por su misma unidad más colosales;

rasgó la medicina sus anales

y escéptica emprendió la nueva vía;

globos y mundos registró sin cuento

en el éter azul del firmamento

con telescopio audaz la astronomía:

y distinguió la atónita ojeada

en el espacio escrito

con refulgentes letras siderales

este verbo «infinito».

***

Mas no sin combatir ganó la palma

de la victoria el sabio.

Cual víbora sedienta

cebó la envidia en él rabioso labio:

y como tras la calma

en el mar se desata una tormenta,

sacudiendo mugientes oleadas

contra la escueta roca,

injurias y libelos a bandadas

en el firme peñasco de su alma

se fueron a estrellar con furia loca.

***

Impávido los vio.

Jamás rendido

de la verdad el campeón vacila:

antes, por alta mano sostenido,

camina al ideal apetecido

que en lejano horizonte se perfila.

¡Gladiador del porvenir valiente,

que nada tu fe robe!

Si te ciñen espinas a la frente,

di, como Galileo: «E pur si muove!».

***

¡Filósofo profeta! ¡Si te fuera

dado que retornases a la vida

y vieses ya cogida

la rica mies, cuya semilla acaso

sin esperanza derramaste al paso!

Hoy, lozana do quier, do quier florida,

se propaga la ciencia,

como tú la pensaste,

en el hecho fundada y la experiencia:

de base tan segura

surge el Conocimiento, lentamente,

como en el mar Pacífico está el diente

del pólipo creando

un nuevo continente.

Poco a poco, sus velos desgarrando

va la Naturaleza:

y cual el relojero

que fabrica el reloj pieza por pieza

para después organizarlo entero,

así dato con dato se eslabona,

y la cadena el pensador uniendo

especula y razona.

***

Si pudieras alzarte

y arrojar tu sudario,

¡oh, genio del análisis!, ¡qué vario

y grandioso espectáculo mostrarte

lograra Europa!

El rayo aprisionado

por un hilo sutil veloz camina,

mensajero del raudo pensamiento:

del buque en el costado

y del tren en el seno chispeante

enciérrase una fuerza misteriosa

por la cual ya ni el viento

ni la distancia teme el caminante:

el químico analiza

desde el breve infusorio y la flor bella

hasta la brisa que las olas riza

y el resplandor de la remota estrella.

Con fuerzas de gigante

la inteligencia a la vivaz materia

sujeta y tiraniza,

y el hombre casi olvida su miseria.

***

De tanta y tan magnífica conquista

solo escuchar la lista

quizás haga a tus huesos,

¡oh, Feijóo!, estremecerse de alegría,

allá en la noche de la tumba fría.

Mas no eleves la frente,

no alteres tu reposo:

que si tiendes la vista

un siglo encontrarás inteligente…

¡pero no venturoso!

***

Jamás tu natural filosofía

trocó tu corazón en un desierto:

siempre guardó tu entendimiento claro

la llama de la fe, bendito faro

que te tornaba al puerto.

Hoy… ¿Cómo te diría,

sin apenar tu espíritu sublime,

la fiebre y la locura,

el hondo malestar y la amargura

en que este siglo gime?

Edad de transición, de sorda pena,

de lucha de encontrados intereses

y escéptico dolor, a su cadena

amarrada, cual nuevo Prometeo,

dudando hasta de Dios y de su alma,

ha perdido la calma

y le resta el deseo.

¡Mil veces sabio tú, que respetaste

del hombre la conciencia,

y que, sin deshojar una creencia,

asido de la mano, le guiaste

al templo de la ciencia!

¡Mil veces sabio tú! Cuando el misterio

profundo, inexplicable, de las cosas

abrumaba tu mente,

en extático anhelo

alzabas tus miradas hasta el cielo.

¡Sabio mil veces! El poder divino

lo explica todo al que la fe respeta.

Habla Feijóo… «¡La ciencia es el camino,

pero Dios es la meta!»

 

JAIME (II)

Alma mía, pasó ya la noche,

la noche y su sombra,

y en ti y en los cielos

despunta la aurora.

Alma mía, despliega esas alas

que inertes y rotas

plegaste, cual suele

la herida paloma.

Alma mía, renace al consuelo,

renace a la gloria:

amable es el mundo,

la vida es hermosa.

Alma mía, poblose el desierto

de mirtos y rosas,

susurros, perfumes,

gorjeos y notas.

 

JAIME (XIV)

En un rosal de mi huerto

un jilguero labró nido

y con noble confianza

en el sitio más florido,

más central y descubierto,

colgó el lecho de esperanza.

Delicado huevecillo

puso allí, como una perla

que entre flores se cuajase;

y voló después, sencillo,

sin recelo de que, al verla,

su postura le robase.

Haces bien, ave del cielo,

que no cabe a tus amores

asechanza en mí ninguna;

ven, incuba tu polluelo,

que tu nido está en las flores,

y en mi cuarto está la cuna.

 

EVOLUCIÓN DE LA ROSA

Por tierra de unidad y de armonía

la vieja Grecia se preció de hermosa:

símbolo de belleza fue la rosa;

Venus entre sus rizos la prendía.

Duraba su esplendor tan solo un día;

era pomo de esencia deliciosa;

y, borracha, la alegre mariposa

en el cáliz de fuego se dormía.

Vienen la edad moderna y los Linneos;

llega el floricultor, y en variedades

la rosa dividió, como en casillas…

¡Venus y Anacreonte, estremeceos!

¡Cantores del amor! ¡Muertas deidades!

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