El poder se derriba

14 / 09 / 2021
POR Marisa Fatás

La violencia y la censura han sido armas históricas contra la voz de las mujeres. Ahora, sin embargo, el problema tiene nombre. Efrentarlo es inevitable.

Portada de ‘El coloquio de las perras’, de Luna Miguel. Ilustración de portada de Paula Bonet.

 

El acoso y la intimidación a las mujeres forma parte de la vida cotidiana. Sirve para la disciplina y el control. Nos quieren calladas. Un silencio que ha permitido a los depredadores, afirma Rebecca Solnit, arrasar sin freno. Y así hemos estado durante milenios. Pero ya no. Algo que antes era intangible, ahora puede tocarse con los dedos: la violencia sistemática hacia aquellas que hacen uso de la palabra para expresar su independencia. Lo vemos continuamente en redes a través de mujeres que trascienden en la esfera pública.

El 8 de septiembre, la escritora y editora Luna Miguel contaba en twitter una experiencia terrorífica: meses atrás alguien entró en su casa de forma violenta mientras ella estaba en la calle con su hijo. Al volver, sus juguetes sexuales estaban en la entrada colocados en fila, envoltorios de preservativos esparcidos por la cama y los libros de su novio tirados en el suelo. Lo denunció a la policía, pero no lo ha hecho público hasta ahora.

En enero de este mismo año, Luna publicaba ‘Caliente’, un ensayo sobre el autoplacer y las distintas formas del amor. El texto es valiente, generoso, pues a través de la memoria íntima, la autora muestra una cara vulnerable. Su experiencia compartida desvela la verdad, al poner algo de luz en “el problema que no tiene nombre”. Un libro como ‘Caliente’ crea, al menos, tres nuevas realidades: 185 páginas sobre “el aprendizaje de la transgresión” -palabras de Gabriela Wiener-, los sentimientos y pensamientos que genera en las personas que lo leen, y la respuesta que ella recibe tras hacer pública su escritura. Estoy segura de que en esa retroalimentación en la que toma y da, ha habido mucho amor, y también odio. Es algo en lo que pensé cuando el libro cayó en mis manos: ¿a qué se enfrenta Luna cuando se expone de esta manera? Fantaseé con todo lo bueno que recibiría: una ola de mujeres transmitiéndole su identificación y gratitud. También temí la respuesta negativa que despertaría. Imaginé la saña en su bandeja de entrada, pero nunca visualicé a alguien cruzando el umbral de su puerta, penetrando su hogar y sembrando el terror. Ojalá no vuelva ocurrir un episodio tan violento, ojalá Luna esté a salvo ¿Cómo lo combate ella? Con más visibilidad, con discurso, con la defensa del placer o con la práctica de la libertad. Despierta una mezcla de admiración y vértigo ante la fuerza y el valor que demuestra.

El 13 de septiembre, la escritora y pintora Paula Bonet compartía en twitter lo que ya había denunciado un año antes en la comisaría y en la red: que un individuo le acosa, que aporrea las puertas de su taller, que le envía cartas con “el violador” como remitente, le desea la muerte, asiste a sus charlas en primera fila… y lo que ello supone: miedo, inversión de tiempo, energía y dinero en medidas de seguridad, incertidumbre, impacto en su vida laboral y profesional y desamparo ante un sistema -112, mossos, juzgado…- que no le protege ni le ofrece garantías. Son ya dos años dejando, sin poder impedirlo, que toda esa violencia se acomode en su cuerpo. En esta ocasión, Paula comparte además una foto tomada desde el interior de su taller en la que se ve la puerta, con cristal texturizado, semitransparente, y a través de ella la figura del acosador al otro lado, desafiándola, atemorizándola. Es un horror. Bonet no se calla. “Nuestro silencio no os protegerá”, escribió en 2019 la autora de ‘La anguila’, haciendo suya la inspiradora frase de Audre Lorde, “tu silencio no te protegerá”. Añadía también sobre el legado de la poeta y activista afroamericana: “Aplicamos sus enseñanzas a rajatabla”. En 2021, sigue predicando con el ejemplo. Gracias.

Los abusos, asaltos y agresiones que reciben mujeres públicas como Luna Miguel y Paula Bonet, los recibimos también el resto a través de ellas. Pues su relato, como ejemplo, encierra moraleja. Si hablas, si denuncias, si opinas, si expresas deseo, si te opones, si transgredes, si te independizas… el terror disciplinante del patriarcado te envía a sus hijos, que sin dudarlo, se lanzan como esbirros guardianes del estado que garantiza su privilegio. La ausencia y abandono, violencia pasiva del sistema, funciona además como carta blanca para el castigo que campa a sus anchas repartiendo dosis elevadas de pánico. ¿Sí mujeres como ellas, con voz, visibilidad y recursos están en una situación tan delicada, a pesar del apoyo de miles y miles de mujeres -también cada vez de más hombres, por suerte- qué conclusiones podemos sacar las demás? ¿Cómo nos afecta a todas su experiencia particular?

“Lo personal es político”. Sigue siendo una gran verdad. “Si tocas a una, tocas a todas”. No podemos vivir de espaldas a gestos o símbolos que dan forma a nuestra realidad. Incluso si creemos que nos caen lejos y que de ello es solo un tuit lo que nos llega. Sus 140 caracteres traspasan nuestras pupilas, recorren la masa gris y se instalan en nuestros corazones. Desde allí se extienden por el resto de las vísceras. En los riñones colocamos el miedo, en los pulmones la pena o en el hígado la ira. Y con ello, sin darnos cuenta, tomamos decisiones. Muchas, la mayoría, que nos sitúan en el silencio y la invisibilidad, en la sumisión y la cobardía. Mientras, la vida pasa.

“Romper el silencio es romper el statu quo” afirma Isa Calderón en el último podcast, ‘DÓCILES’, de Deforme Semanal que realiza junto a Lucía Lijtmaer. También ellas dos, mujeres al frente, conocen las consecuencias que acarrea alzar sus voces, especialmente a través del acoso en redes. Isa lee un fragmento del ensayo de Rebecca Solnit, ‘Una breve historia del silencio’: “El silencio es lo que permite que la gente sufra sin remedio, lo que permite que las hipocresías y las mentiras crezcan y florezcan, que los crímenes queden impunes. Si nuestras voces son aspectos esenciales de nuestra humanidad, quedarse sin voz es deshumanizarse o quedar excluido de la propia humanidad. Y la historia del silencio es fundamental en la historia de las mujeres (…) La violencia contra las mujeres a menudo está dirigida contra nuestras voces y nuestras historias. Supone el rechazo de nuestras voces, y de lo que significa tener una voz: el derecho a la autodeterminación, a la participación, al consentimiento o al disentimiento, a vivir y a participar, a interpretar y a narrar”. Hablar, dice Isa, es derribar al poder. Muchas le creemos y damos fe.

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“A veces, el discurso, las palabras, la voz modifican las cosas cuando traen aparejadas inclusión, reconocimiento, la rehumanización que deshace la deshumanización. A veces son solo las condiciones previas para cambiar reglas, leyes, regímenes, para hacer realidad la justicia y la libertad. A veces tan solo el simple hecho de ser capaz de hablar, de ser escuchado, de ser creído, es parte fundamental de la pertenencia a una familia, una comunidad, una sociedad. A veces nuestras voces hacen pedazos esas cosas; a veces esas cosas son cárceles. Y entonces, cuando las palabras rompen con la imposibilidad de hablar, lo que una sociedad antes había tolerado se vuelve intolerable. Aquellas personas a las que no les afecta, no alcanzan a ver o a sentir el impacto de la segregación, de la brutalidad policial o de la violencia doméstica: las historias sirven para ilustrar el problema y lo vuelven inevitable.”

 

‘Una breve historia del silencio’, Rebecca Solnit

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