El equipo de ‘El Castillo’: “No es solamente el proxeneta que compra y vende personas, es el silencio de todos los que intervienen en el proceso”

08 / 10 / 2026
POR Alberto Richart

Movistar Plus+ estrena la miniserie de seis capítulos creada por Isabel Peña y Eduardo Villanueva, y dirigida por Sandra Romero y Elena Martín. Con sus realizadoras y con los intérpretes Omar Ayuso y Laia Marull tuvo la oportunidad de hablar VEIN en exclusiva, durante el Festival de San Sebastián.

Hay un paisaje habitual en las carreteras españolas, más allá de los toros de Osborne que siguen salpicando alguna que otra colina. Las naves industriales en forma de cajas de zapatos, los mesones y los neones de los burdeles siguen siendo elementos típicos desde el paso de cualquier autovía que se precie. Sobre estos últimos, y sobre el auge de la trata de mujeres inmigrantes a principios de los 2000, habla ‘El castillo’, la nueva serie de Movistar Plus+ que se estrena este jueves, 8 de octubre, creada por Isabel Peña y Eduardo Villanueva, responsables de ‘Antidisturbios’ (2020), entre otras obras, y codirigida entre Sandra Romero (‘Por donde pasa el silencio’) y Elena Martín (‘Julia ist, Creatura’). Las jóvenes realizadoras llevan a cabo durante seis capítulos el esclarecedor relato de aquello que sucede en esas barracas de carretera, por las que casi nunca nos atrevimos a preguntar.

“Es el tabú de pasar en coche con tu familia, y que nadie hable sobre qué son estos lugares”, recuerda Martín sobre aquellos tugurios en los que las mujeres tienen un precio y, los hombres, completo poder para ejercer una determinada violencia sobre sus cuerpos. “Lo peor es que ya no es esa época, también es esta. Siguen estando ahí. Yo viajo mucho de Madrid a Córdoba, y suelo ver uno de los mayores burdeles de España”.

El castillo cuenta el viaje odiséico, solo de ida, de Claudia (Valentina Vidal), una joven colombiana que se ve en la tesitura de ejercer la prostitución en España para poder pagar las medicinas de su hijo enfermo. Pero también muestra la otra cara de la moneda, representada por el proxeneta “Suizo”, un irreconocible Raúl Arévalo, que se encarga de recordarle a sus trabajadoras sexuales la deuda eterna que contraen con él a cambio de techo y comida. Cierran el triángulo Liesa (Omar Ayuso), el inspector recién ingresado en la Unidad Central de Redes de Inmigración Ilegal y Falsedades Documentales (UCRIF), y su veterana e incansable compañera Osés. A través de redadas e interrogatorios, la extraña pareja de investigadores intenta desmantelar por primera vez en la historia española el intrincado sistema que soporta la red de tráfico de personas con fines sexuales.

Con ambos intérpretes también tuvo la oportunidad de hablar VEIN, en exclusiva, durante el marco del Festival de San Sebastián: “Cuando me llegó el casting, yo pensaba que era un error”, sopesa Ayuso, actor de series como Élite (2018), Yo, adicto (2024) o Mariliendre (2025), “Era un hombre machirulo, heterosexual, policía, español. Es mi anticasting. A mí nunca me llaman para hacer estas pruebas. Pero luego me pareció muy interesante, porque nunca imaginarías a estos dos personajes juntos. A mí me dan risa las escenas en las que estamos en el coche. Es como: ¿A dónde van estos dos?”

Estos dos, como dice Ayuso, recorren parte del litoral mediterráneo, entre Valencia y Murcia, con la intuición detectivesca de que los proxenetas de diferentes clubs, asociados entre sí, mantienen una estrategia férrea de captación de mujeres extranjeras: primero de países del Este, después latinoamericanas, algo que fue variando según los tiempos, la economía de los desplazos y los fetiches de los clientes. No es un proceso sencillo para ninguno de los dos. Liesa debe poner en una balanza la llamada del deber, la presión de una sociedad machista y el aprovechamiento de un chivato tan jugoso como es el Suizo. Osés, por su parte, lucha su batalla de la sororidad en un Cuerpo policial predominado por hombres.

“Me interesó mucho este personaje porque, a la vez que lo iba haciendo, me iba dando cuenta de que el espectador descubre otra visión”, explica Laia Marull, intérprete de Te doy mis ojos (2003) o Pa negre (2010), y ganadora de tres premios Goya. “En esos años 90, las ilegales eran ellas. Desde arriba querían números y querían deportaciones. Había un arco muy interesante que hacer, al darse cuenta de que, en realidad, las víctimas son ellas”.

Para tratarse de una ficción, ambientada en estremecedores hechos reales, en la que todo gira en torno a la cuestión sexual, hay escasamente un par de secuencias sexuales, contempladas con cierta distancia. Una decisión muy consciente por parte de las creadoras de la producción, que trataban de escapar de los clichés y perfilar como humanos, que no humanizar, a los criminales en cuestión.

“No se me ocurren tres prototipos de personajes más clichés en el cine y en la televisión que proxenetas, policías y prostitutas, en este caso víctimas de trata”, comenta al respecto Ayuso. “Y si te fijas, en este casting van a la contra totalmente de ese cliché. Ni los proxenetas son súper malos, ni los policías son superhéroes norteamericanos, ni las chicas están ultra, mega, hipersexualizadas y estilizadas. Creo que eso es un acierto en lo que las directoras e Isa y Edu querían: quitarle a la serie todo el tono que se acercara como a una cinematografización”.

“La psicóloga forense ayudó a Raúl [Arévalo] a interpretar a Suizo, y a nosotras a dirigirlo. Nos ayudó a hacer un personaje así, tratando de hacerlo lo más realista posible, porque al final lo peor de todo esto es que puede ser cualquiera, realmente. Puede ser tu tío” comienza relatando Romero, a lo que Martín le sigue: “Tu tío en los 2000 con un look muy feo, pero puede ser tu tío. Es terrorífico y, a la vez, a nivel de dirección, fue una de las cosas más interesantes de trabajar porque era un reto heavy”. 

Si algo define parte del corpus de El castillo, son las numerosas secuencias de reuniones de empresarios delictivos, en restaurantes, oficinas subterráneas o naves industriales, viciadas de humo de tabaco y testosterona ensalzada. “Tenemos todos estos hombres y son unos delincuentes a los que les pones la cámara delante. Siempre hay una romantización, porque cualquier personaje al que grabas, lo estás grabando con un interés. Siempre estás ensalzando algo”, problematiza Martín. “¿Cómo lo hacemos para que genere un interés, pero a la vez que nadie quiera ser como ellos? ¿Cómo obtener esa sensación de que esta persona está vacía, es mediocre?”.

“Ese espacio es justo para eso”, define Romero, “No para acercarnos a él como un ser humano, sino para entender todo este sistema que es tan cruel”. Las directoras también relatan aquello que más les impactó a la hora de documentarse para la serie, y conocer de primera mano esa España de prostíbulos, más allá de los prostíbulos: “Tienen una impunidad…”, niega Martín con la cabeza, “hay pequeñas decisiones en la serie que igual no son tan visibles, pero también estábamos intentando contar cosas de subtrama. Cuando se reúnen con los policías, los proxenetas están solos en una parte del mesón. Eso ya implica una complicidad del dueño del mesón, ¿sabes? Pueden campar a sus anchas. Son amigos de los vecinos”.

Un sistema no se sostiene únicamente por el capo de la mafia, según las realizadoras: “No es solamente el proxeneta que compra y vende personas, es el abogado que le ayuda, la aseguradora médica, es el silencio de todos los ojos que intervienen en ese proceso y que ven lo que está sucediendo”.

Entre el recargado ambiente machirulo, el personaje de Valentina Vidal ejerce de contrapeso como cara visible de una de las miles de víctimas anuales que pasan por los clubs. Una estancia que comienza como algo provisional hasta reunir un dinero, y que puede acabar estirándose durante años. Sobre el rostro de Vidal se contempla el paso progresivo de la desesperanza, la violencia machista y el esclavismo.

“Fue muy necesario que ella pudiera conocer a personas con las que se habían entrevistado Isa y Edu previamente durante el proceso de guion, como psicólogas y supervivientes de trata”, explica Martín, “hay gente que trabaja de distintas formas, pero Valentina tiene una aproximación muy profunda y quiere entender mucho el contexto. Fuimos evocando imágenes de todo ese viaje que no aparece en pantalla, de Colombia a España. Todo ese proceso que el personaje ha tenido que hacer, a qué ha tenido que renunciar, de quién se ha despedido… para generar esas imágenes que son experiencias tan fuertes, y que Valentina no ha vivido nada parecido”.

Cuando el espectador termine los seis capítulos, se preguntará qué ha podido cambiar desde aquel comienzo de milenio, y de dónde vienen las mujeres que hoy en día transitan esos prostíbulos que todavía se erigen más allá de las autovías. ¿Qué narraría El castillo sobre nuestros días? Laia Marull lo tiene claro: “Por desgracia, se parecería bastante”. “La UCRIF nos documentó bastante, y cuando hice esa pregunta, me respondieron que la situación estaba peor que nunca”, añade Ayuso. “Ahora tienen más recursos”, prosigue Marull, “Veníamos de un mundo en el que no había ni una ley que amparara al 100% a las inmigrantes. La ley de trata de seres humanos es de 2010. Ahora saben que hay tantas personas sufriendo de explotación, pero de alguna manera sigue tan vigente como siempre o más”.

Para Martín, la miniserie ayudará a que el público se haga las preguntas pertinentes: “Siento que por lo menos podemos aportar el hecho de que toda la labor no es solo legislativa. Hay una labor social y cultural de tomar conciencia, de preguntarnos por qué un súper está abierto tantas horas, y por qué siempre la persona que ves detrás del mostrador es la misma persona todo el tiempo. Tener una conciencia de lo que implica estar encerrado en un sitio porque tienes una deuda, porque te han confiscado el pasaporte. De los trabajos a los que queda relegada la gente que no tiene papeles. Para mí, va mucho más por ahí el tema”.

A lo que Omar Ayuso añade: “Creo que los hombres, en primera instancia, deberíamos cuestionarnos y plantearnos seria y profundamente qué pasa cuando erotizamos el poder y podemos llegar a estimularnos sexualmente con la idea de poseer un cuerpo y consumirlo contra su propia voluntad o sin un deseo recíproco. Eso, para empezar, despejaría muchos interrogantes de esta cuestión”.

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