Valeria Vegas: “Durante mucho tiempo se ha confundido condición con identidad sexual”

07 / 04 / 2020
POR Paula de Aguirre

La periodista es autora de “Vestidas de azul”, que analiza el retrato de la mujer trans en los medios durante la Transición, y de las memorias sobre La Veneno que los Javis acaban de convertir en serie.

Retrato de Valeria Vegas

En 1983 se estrenaba con gran repercusión en el Festival de San Sebastián el documental “Vestida de azul” de Antonio Giménez-Rico. La cinta provocaba un gran estupor, pues abordaba por primera vez la realidad de un grupo de mujeres transexuales sin caer en el morbo o la actitud condescendiente, algo nada habitual por aquel entonces. 

Convertida en película de culto, la escritora Valeria Vegas utiliza la cinta para examinar la situación personal de sus protagonistas, así como el enfoque adoptado por la prensa y el cine a la hora de retratar la transexualidad en aquellos años de la Transición. El resultado pone de manifiesto el desconocimiento y falta de sensibilidad imperantes en ese momento, reflejando un ambiente opresor y hostil que obligaba a estas mujeres a debatirse entre el espectáculo y la prostitución como única salida profesional. 

Valeria es también autora de “¡Digo! Ni puta ni santa”, las memorias de la Veneno que acaban de adaptar los Javis a serie de televisión. Hablamos con ella sobre identidad de género y su tratamiento en los medios de comunicación.

Portada “Vestidas de azul”

En el ensayo “Vestidas de azul” (ed. Dos Bigotes) tomas como referencia para tu análisis el documental que dirigió en 1983 Antonio Giménez-Rico. ¿A qué se debe la elección de esta obra?

Mi idea era tomar una base para jugar a la comparación. De repente, me di cuenta de que “Vestida de azul” era una película sin moralina, que había sido el primer documental en España en abordar la transexualidad y que se había estrenado en salas comerciales. Igualmente, retrata la vida de seis mujeres en cuyos perfiles quería rascar para tocar distintos temas desde la pluralidad.

Llama la atención que tanto la prensa de la época como las propias protagonistas se refieren a sí mismas como “travestis”, aglutinando este término toda una variedad de identidades y orientaciones de género. ¿Había una carencia en el lenguaje para hablar de diversidad?

Había una carencia absoluta. A ellas las disculpo porque empleaban un término escuchado en su entorno muchísimas veces. Tampoco se trata de un término negativo, pero es incorrecto aplicarlo a las personas transexuales. 

Antes y durante los años de la Transición, las personas transexuales o transformistas no parecían tener más salidas laborales que la prostitución o el espectáculo. En la entrevista que le haces a Josette –quien aparece en la cinta– esta afirma que a pesar de haber trabajado muchos años en salas de fiesta, esta experiencia jamás constó en su vida laboral. ¿Hubo muchas otras mujeres que, como ella, pasaron por esta situación?

Como ella hubo tantísimas. También mujeres cis a las que no se daba de alta en la Seguridad Social. Además, la mujeres trans no eran valoradas tanto por su calidad artística, sino que eran explotadas como un elemento de ‘freak show’, más propio de la Inglaterra del siglo XIX.

Las protagonistas del documental “Vestida de azul” (Antonio Giménez-Rico, 1983).

Siempre pensé en la Ley de Vagos y Maleantes como adscrita al periodo franquista, pero desconocía que había sido aprobada durante la Segunda República y que se había mantenido hasta bien entrada la democracia como Ley sobre Peligrosidad y Rehabilitación social. ¿Por qué el marco legislativo español siguió siendo tan opresor con la sexualidad no normativa en un marco de presunta libertad?

Todo lo que se consideraba una sexualidad disidente horrorizaba a partes iguales y no era para nada bienvenida. En la Transición se siguió manteniendo y, tal y como se ve en la película “Vestida de azul”, las mujeres trans seguían siendo perseguidas. Las detenían buscando el subterfugio de escándalo público y eran juzgadas de forma arbitraria. 

En el documental, ninguna de las protagonistas –salvo una– afirma querer someterse a una operación de reasignación sexual. ¿Había miedo a pasar por el quirófano?

Había miedo y ese miedo duró muchos años porque estas mujeres veían operaciones no muy bien logradas en otras compañeras que habían tenido que irse a sitios como Casablanca donde se hacían intervenciones clandestinas. Por otro lado, si la intervención no salía bien, se las incineraba junto a sus pertenencias, lo que ha dado lugar a una falta de registro en el número de víctimas que murieron en las mesas de operaciones. 

Haces también mención al hecho de que las mujeres transexuales vivían hasta los cincuenta años, aproximadamente. ¿A qué se debía esa corta esperanza de vida?

Se debía, sobre todo, a la profesión que ejercían. Las prostitución dejaba en ellas una huella negativa porque estaban expuestas a todo tipo de enfermedades venéreas. A ello hay que añadir el suicidio y la situación precaria que vivían.

Fotograma de Nacha en “Vestida de azul”.

Hace unos días leía un post sobre la gran cantidad de información que estamos atesorando acerca del Coronavirus pero la poca que tenemos sobre el VIH. Sin duda, fue la gran plaga de los ochenta. ¿Tomamos todas las precauciones ante la amenaza de contraer el Covid-19 y muy pocas a la hora de prevenir una enfermedad tan grave como el SIDA?

Hay muy poca información y muy pocas medidas. El SIDA ha tenido 3 etapas: los ochenta, en que hubo una oleada masiva y nadie sabía qué pasaba, lo que además se juntaba con el prejuicio porque parecía que se trataba de una enfermedad contraída únicamente por los homosexuales. En los noventa, cuando ya hay un recuento elevado de personas heterosexuales contagiadas, empieza a llegar la información y a producirse una conciencia social con numerosas campañas de anticonceptivos. Y de repente, a mediados de los 2000, volvemos otra vez a la desinformación de los ochenta, que va un poco ligada a la libertad sexual, la cual está muy bien, pero tendría que ir acompañada de una mayor información por parte de medios e instituciones.

Tu análisis demuestra que se utilizaba a la persona transexual como un objeto de exhibición erótica y con el fin de alimentar el morbo de lectores y espectadores. ¿A partir de qué momento los medios empezaron a tomarse en serio este tema?

Hubo medios que sí se tomaron en serio al colectivo transexual, pero eran muy concretos con reportajes aislados, así que podían pasar 5 años hasta que volvías a encontrarte un contenido similar. 

En los ochenta, cuando solo había una cadena de televisión, las pocas veces en que se abordaba el tema, se hacía con dignidad, pero desde cierto desconocimiento, empleando de nuevo el término “travestí”. Y cuando llegan las cadenas privadas es cuando se rompe esa ética porque, como pasaba en la Transición, empiezan de nuevo a usar a las personas trans como un elemento de distracción, asociándose al morbo. 

En el cine hay excepciones como “La ley del deseo” de Pedro Almodóvar o “Cambio de sexo” de Vicente Aranda. Sin embargo, el cambio llega hace unos cinco años gracias a algunas referencias internacionales.

En tu ensayo hablas de una falta de libro de estilo, incluso en publicaciones que en esos años ya gozaban de cierta reputación. Aunque las cosas han cambiado, ¿sigue cayendo la prensa en errores de terminología?

Afortunadamente, ya no cae tanto en esos errores pero volvemos a lo mismo: hace 5 años podíamos seguir encontrando términos incorrectos, ya que durante mucho tiempo se ha confundido condición con identidad sexual. Se hacían reportajes escritos sin ahondar en las definiciones, de manera que el lector no percibía la temática de una manera correcta. 

Ahora la prensa ha pasado de utilizar el término “travesti” al de “transgénero” saltándose el de “transexual”, cuando estos dos últimos tampoco tienen nada que ver entre sí.

Algunas protagonistas de “Vestida de azul” junto al director durante su estreno en Madrid.

¿Por qué se hablaba más de mujeres transexuales y no tanto de hombres? De igual manera, aunque la homosexualidad fuera juzgada como manifestación de mala conducta, ¿por qué apenas se hacía referencia a la homosexualidad entre mujeres? Parece que las escenas de sexo lésbico fueran algo relegado a lo que en aquella época se catalogaba como Cine S.

Se habla más de mujeres trans porque quizá han sido más visibles, aparte de constituir un mayor porcentaje. No obstante, ellos nunca han sido carne de cañón para estos reportajes televisivos. Han llevado una vida más integrada en sociedad y no han levantado el mismo morbo. Esto ha sido así porque la sociedad es misógina. Los medios reclaman a las mujeres trans porque están humillando a una mujer a la que no consideran como tal, juzgándola o prejuzgándola. Parece, en cambio, que el hombre trans sube de escalón socialmente.

Por otra parte, la homosexualidad entre mujeres no se reflejaba de manera natural en el cine porque este estaba manejado por hombres y las historias que abordaban el lesbianismo tenían el objetivo de satisfacer al hombre.

En un comunicado de prensa de la pasada edición de Zinegoak –festival del que has formado parte como jurado– se hablaba de la necesidad de emplear tantas etiquetas como sean necesarias para identificar todas las maneras de ser, amar o expresarse. ¿Estás de acuerdo con esta afirmación?

Estoy a favor de la etiqueta, siempre que esté bien utilizada. Asimismo, también estoy de acuerdo en que quién no se quiera poner la etiqueta no se la ponga, porque antes de la libertad general estoy a favor de la libertad individual. Eso sí, aún no estamos a tiempo de quitarnos las etiquetas porque las hemos empezado a utilizar bien hace muy poco. Ojalá llegue un día en que dejemos de poner “trans” detrás de la palabra “actriz”, “escritora” o “mujer”.

Acaba de estrenarse la serie de la Veneno, basada en las memorias que tú misma escribiste sobre Cristina Ortiz. ¿Qué supuso alguien como ella para la comunidad transexual?

Siendo sincera, para la comunidad trans la figura de Cristina fue un disgusto. La gran mayoría de mujeres trans no estaban conformes con ella, empezando por algunas de las actrices de la serie. Cristina no era una teórica, pero contaba su verdad y su vivencia. 

No tenemos que verla como alguien que representaba un colectivo, aunque daba visibilidad a una parte concreta del colectivo. 

Imagen promocional de la serie “Veneno”, de Javier Calvo y Javier Ambrossi.

¿Estás contenta con el resultado de la serie?

Sí porque, además de ser un trabajo muy bien hecho, aporta visibilidad a dos generaciones distintas haciendo que puedan empatizar públicos diferentes. Por otro lado, ha dado oportunidades y meses de ilusión a mucha gente, no solo a las actrices, si no a parte del equipo técnico que también está formado por personas trans.

Retrato de Valeria.